Matar al padre; narrativa chilena y su (re)actualización

Roberto Bolaño escribió: “Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo.” (Los sinsabores del verdadero policía, 142). A partir de dicha cita genero dos aproximaciones al texto que desarrollaré: primero, la necesidad de leer este párrafo como una máxima a seguir por parte de la “nueva narrativa chilena” (la cual como explicaré luego transita entre la década del 90 y el nuevo milenio), segundo, citar a Bolaño es sin duda un punto clave de anclaje entre —quizás— el último gran escritor chileno del siglo XX y la nueva camada de jóvenes escritores que se criaron leyéndolo.

La nueva narrativa de los 90’, marcada también por Pedro Lemebel, Gonzalo Contreras, Ana María del Río, Pía Barros, Jaime Collyer, Carlos Franz, Diamela Eltit, por nombrar algunos de los que se encontraban publicando por esos años (80’ y 90’), será entendida —en pro del objetivo de este texto— como la generación que leía a los autores mencionados y se encontraban con un nuevo ideal literario a desarrollar. Autores que serán publicados a partir del año 2000, autores “contemporáneos”, jóvenes menores de 40 años en la actualidad.

Para vislumbrar a los escritores jóvenes, debemos acabar con la acción comparativa clásica, dejar de pensar en Bolaño como padre de la nueva generación. O si se quiere, matar al padre como lo hizo este en su tiempo: “Bolaño, de alguna manera, tuvo que negar a Donoso y a Neruda, para encontrar a Lihn y a Parra” (Revista Santiago, Lanzados y desnudos de Marcelo Soto, 47). Quienes sin duda dejaron de buscar al “viejo escritor” fueron las editoriales independientes en nuestro país: Alquimia, Libros del Laurel, Editorial Cuneta, Imbunche, La calabaza del diablo, Montacerdos, Libros del pez espiral, entre otras que seguramente olvido. Aquellas se convierten en un puente importantísimo entre los autores que deseaban publicar sus textos y los lectores que queríamos encontrarnos con un nuevo aire narrativo lejano a  Fuguet, Zambra, Azócar o Bisama.

Así entonces nos topamos con autores como: Gonzalo Eltesch, Romina Reyes, Pablo Toro, Simón Soto, Juan Pablo Roncone, Matías Celedón, Francisco Ovando, Catalina Infante, Lina Meruane, por nombrar los que más he leído y, que sin ser consagrados, no son para nada un secreto en la literatura chilena.

Ahora repito la lista y agrego obras que considero deben destacarse y que recomiendo sin dudas (con su respectiva editorial): Gonzalo Eltesch, con su primera novela Colección Particular (Libros del Laurel) en donde relata su vida (o eso aparenta) a partir de la de su entorno. Romina Reyes publica Reinos (Montacerdos), una serie de relatos que destacan por la rudeza y el apaciguador tinte que desarrolla  la autora. Pablo Toro con Hombres maravillosos y vulnerables (La calabaza del diablo), nos presenta un universo de posibilidades con respecto a la TV y la masculinidad. Simón Soto, de quien destaco dos libros: La pesadilla del mundo (Montacerdos) y Cielo negro (La calabaza del diablo). Juan Pablo Roncone, quien tiene un debut soñado con Hermano Ciervo (Libros del Laurel), una recopilación de relatos fantásticamente desarrollados. Matías Celedón y su obra La filial (Editorial Alquimia), obra que es mitad libro y mitad objeto; estructurado mediante hojas timbradas, las que van generando una  trama más que destacable. Francisco Ovando con Casa Volada (Editorial Cuneta), una metanovela excesivamente ingeniosa. Catalina Infante: La otra ciudad (Imbunche) una obra que proyecta una intimidad devastadora de una manera sutil. Lina Meruane con Cercada (Editorial Cuneta), texto que propone mediante la narrativa un análisis al retorno de la democracia.

Aquellos títulos, los que describo al voleo en pos de poder escribir luego para cada uno la crítica pertinente, y muchos otros que seguramente aún no adquiero, proyectan la noción de que, si bien la narrativa chilena tiene sus cimientos fijos, estables e incluso definitivos, es labor del joven escritor deambular primero por ellos y luego ocupar aquel nicho. Los autores nombrados comprenden aquello y a su vez siguen al pié de la letra la máxima con la que inicié este texto y que Bolaño termina así:  “Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar.”

Por Ítalo Rivera

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