El fenómeno La La Land

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El pasado 26 de Febrero se vivió la ceremonia de los Premios de la academia o, si se quiere, los llamados Óscar. Con 14 nominaciones en su haber, se esperaba que La La Land (Damien Chazelle) se alzara como la protagonista de la velada, tal como lo había sido en certámenes previos. No obstante, además de sólo adjudicarse 6 de 14 estatuillas, la cinta Moonlight (Barry Jenkins) logró apoderarse del Óscar a ‘Mejor Película’ en un accidentado anuncio que había coronado en primera instancia al popular musical. La reacción del mundo no se dejó esperar, generándose en la red un fuego cruzado lleno de burlas, reproches a la academia y la coronación in situ de numerosos especialistas de teclado y espada. Tal controversia nos lleva a cuestionarnos ¿cómo se sustenta el impacto de La La Land en el cine actual? ¿Cómo se justifica tal clamor ante la derrota de un género tan devaluado como el musical? ¿Cuál es el rol de la audiencia en este fenómeno? Sin ánimos de establecer la verdad, he aquí algunas observaciones.

Antes que todo, es preciso establecer que la cinta del joven Chazelle está lejos de ser sólo un musical con tintes de comedia. En sus 128 minutos de extensión la película contempla un drama romántico como eje central, un ejercicio retrospectivo al auge del cine estadounidense, una narrativa presentada en capítulos, reflexiones sobre la identidad del artista, etc. A partir de esto, cualquiera podría argumentar que tanto contenido dentro de una película es más un defecto que una virtud y, objetivamente, sería una afirmación totalmente válida. La La Land lleva a sus espectadores por distintas líneas temáticas y nunca parece decidirse por una, algo que puede descolocar al espectador e incluso hacer demasiado extensa la experiencia. Quizás esto sea algo puntilloso, sobretodo para quienes tienen una buena amistad con las películas palomeras, más dicho problema se hace patente en dos de los pilares de la cinta: el género y la dirección. En cuanto al género, La La Land no se adecua del todo a los estándares de lo que es un musical, no por ausencia de canciones o una atmósfera congruente sino por el rol que cumplen dentro de la obra. En comparación a películas como Rocky horror picture show o algún clásico de Disney, el film de Chazelle contiene muy pocas instancias donde la trama se conjuga con los números musicales, especialmente en el segundo acto donde el drama romántico pasa a primer plano­­. Lo anterior puede incomodar a los ajenos a este género, ya que les exige una constante adecuación a la naturaleza dual de la película. Por otra parte, en el apartado de dirección, se configura un sello característico que es difícil de eludir incluso cuando se quiere. El director de la obra, que ganó el premio a Mejor Director de esta entrega, se hace presente de forma constante dentro de la cinta a través de una gama de  movimientos de cámara, planos cargados simbólicamente, profundidad de campo; ya sea por definirse estéticamente o derechamente ir por la estatuilla, Damien se manifiesta desde un inicio y toma lugar como tercer protagonista de la historia. Pero, debido a los constantes cambios en el tono del largometraje, a ratos el sello Chazelle se torna incongruente con lo expuesto en cámara, pasando de ser un plus a sólo un distractor.

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Damian Chazelle, director de la película.

Todos los elementos mencionados, discutibles y enteramente subjetivos, son pasajes ineludibles que todo cinéfilo acérrimo debe transitar. No obstante, ¿somos nosotros, dichos personajes que se hacen llamar “conocedores”, los que hicieron de esta película un éxito? Dejando de lado la crítica especializada y el trabajo de marketing, que no tiene porqué hallar en su inversión retribución alguna por parte del público masivo, es este último el gran y verdadero responsable del éxito de la cinta, ya que la aclamación popular logró romper la barrera que existía entre el esnobismo y la apreciación del arte por el arte, sana e inocente, situando a La La Land como un placer transversal al compromiso con la industria. Siendo ese el caso, ¿qué es lo que atrae a aquel que no sabe de dirección, fotografía o montaje? Para todos ellos, la película de Chazelle tiene algo irresistible que ofrecer y no menos significativo que lo que aprecia el cinéfilo: la capacidad de comprometerse en la medida de su comodidad. No es ningún secreto que hay gente que ve el cine como algo recreativo, lo cual no implica que dicho espectador no genere una expectativa sobre lo que se proyectará en la pantalla. En este sentido, La La Land brinda la perfecta ilusión que alguien puede necesitar para perderse en un mundo de colores, ritmo y emoción. Embelesa al espectador como si se tratara de un lindo sueño, ya que permite evidenciar la construcción de personajes verosímiles dentro de una trama y cómo se proyectan hacia lo mágico, marcando de forma clara los tiempos para maravillarse y (¿por qué no?) llorar.

Pareciera que las perspectivas que sitúan a La La Land como un posible clásico son disímiles, radican en lo más profundo de nuestra identidad como espectadores y se manifiestan en la lectura que hacemos o que podemos hacer. Sin embargo, existe un elemento que aúna los intereses de ambos tipos de espectadores y que, además, es el pilar fundamental del largometraje. Este elemento es la mismísima Emma Stone, que con su personaje condensa de manera sublime la imagen de la diva del Hollywood clásico con la humanidad de un personaje tridimensional, enmarcada en el sueño americano típico de los musicales aunque matizado en virtud de una realidad cruda con el artista y su proyecto de vida. Demás está decir que el premio de Mejor Actriz que ha recibido es totalmente merecido. Chazelle podría haber sacado a Ryan Gosling, escenas, canciones e incluso unos 10 minutos de metraje, pero POR NINGUN MOTIVO podría haber sacado a Stone.

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Para finalizar, establecer el último elemento que enaltece a La La Land, que lo sitúa en la historia del cine y que justifica todo el revuelo que ha generado. A diferencia de películas como Moulin Rouge, que es un caso bastante parecido, la cinta de Damien Chazelle no es olvidable y no te da motivos para olvidarla. Es ostentosa, emocionante y sumamente atractiva, mas tras ese escaparate de súper producción no se haya un producto mediocre o una configuración arquetípica. Si bien no ofrece un guion perfecto, es capaz de establecer ese tipo de historia balanceándose entre el atractivo comercial y una experiencia contemplativa, sin recurrir a lugares comunes, personajes o diálogos que puedan perturbar dicho equilibrio. Y para una película moderna de un género tan devaluado, eso es decir bastante.

Puede que particularmente no sea perfecta, pero en su conjunto ofrece una experiencia exquisita, que puede llevar al casual a ver más que meras imágenes o al cinéfilo más docto a sólo dejarse llevar. Con dichos puntos a favor, La La Land se posiciona como una de las mejores producciones de la década, expectante a que el tiempo le encuentre la razón y la haga lucir aun más bella.

Por Enzo Paolo

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