Mazazo o puntapié

sabaaato

Hace poco leía, en alguna revista amiga, ciertos comentarios de Kafka sobre cómo reconocer los libros que deben leerse. En una carta que destinó el autor a su amigo Oskar Pollak en 1904 entrega una metáfora que, para quienes creemos que leemos bastante, cobra sentido cada cierto tiempo. Franz Kafka escribió: “Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro.” Anterior a ello agregaba (a modo de interrogante): “Si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpea en el cráneo ¿para qué lo leemos?”.

Lejos de poner en duda lo antes citado y abrumado por cómo iniciar un texto que busca alabar la técnica escritural que logre generar en el lector una atención y quizás sobreexcitación que le permita adentrarse en el escrito de manera íntegra, me dispongo a presentar el comienzo de una novela que provoca, o más bien provocó en mí, este quiebre del mar congelado o, si se quiere, aquel golpe de puño en la cabeza que nos despierta de súbito. Cito entonces la Noticia preliminar, con que comienza Sobre héroes y tumbas del escritor argentino Ernesto Sabato. No busco, en ninguno de los posibles casos, exponer este texto como novedad, sino que, intento mostrar otro argumento que incite a leerlo, alejándome de los comentarios críticos hacia este que lo reconocen como una de las mejores (quizás la mejor) novela argentina del siglo XX. Dejo entonces el texto:

   “Las primeras investigaciones revelaron que el antiguo Mirador que servía de dormitorio a Alejandra fue cerrado con llave desde dentro por la propia Alejandra. Luego (aunque, lógicamente, no se puede precisar el lapso transcurrido) mató a su padre de cuatro balazos con una pistola calibre 32. Finalmente, echó nafta y prendió fuego.

      Esta tragedia, que sacudió a Buenos Aires por el relieve de la vieja familia argentina, pudo parecer al comienzo la consecuencia de un repentino ataque de locura. Pero ahora un nuevo elemento de juicio ha alterado ese primitivo esquema. Un extraño “Informe sobre ciegos”, que Fernando Vidal terminó de escribir la noche misma de su muerte, fue descubierto en el departamento que, con nombre supuesto, ocupaba en Villa Devoto. Es, de acuerdo con nuestras referencias, el manuscrito de un paranoico. Pero no obstante se dice que de él es posible inferir ciertas interpretaciones que echan luz sobre el crimen y hacen ceder la hipótesis del acto de locura ante una hipótesis más tenebrosa. Si esa inferencia es correcta, también se explicaría por qué Alejandra no se suicidó con una de las dos balas que restaban en la pistola, optando por quemarse viva.” (5)

Si bien un sin número de textos pueden generar la atención del lector, y aquella sensación es subjetiva en cada cuerpo, este pequeño texto, que es en realidad un fragmento de una crónica policial publicada el 28 de junio de 1955 por La Razón de Buenos Aires, luego integrado en la edición de 2001 que publica Editorial Planeta en conjunto con la Biblioteca Argentina La Nación, se condice por completo con el desarrollo de la novela en cuestión, permitiendo así una continua sensación de expectativa desatada en la lectura. Sabato en esta novela (la cual no pasaré a comentar para evitar guiar su lectura en lo más mínimo) es un mazazo más que un puñetazo. Toda escritura es subjetiva y, también, toda lectura debe serlo al estar cargada con conocimientos previos que a su vez se encuentran ligados a percepciones propias. Solo espero que este texto funcione como puntapié a un sin número de futuros golpes que podrá dar esta novela al lector; porque si de algo podemos estar seguros (concluyendo lo citado y comentado) es que leer es una acción de violencia contra nosotros mismos.

 

Í.

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