La villa de los viejos alemanes

No nací en ella. Quizás fue mejor así, ya que no sé si por ese entonces su hospital podría tratar a un bebé prematuro con ictericia. Mi madre a las dos semanas de nacido recién pudo llevarme a Villa Alemana.

Mi infancia la pasé en una gran casa al lado de la subestación de trenes del centro de este pueblito. Mi abuelo, quien fue toda su vida ferroviario, me paseaba en la cabina del maquinista desde la estación Villa Alemana hasta Limache, mientras yo buscaba siempre atento en estación Sargento Aldea (Peñablanca) el emblema de Batman que se encontraba dibujado en una gran piedra.

Mis estudios también los desarrollé ahí. Si bien un año me fui a estudiar a Limache (lo que incrementó los viajes en tren) la cercanía y comodidad de ir al colegio cerca de la casa de mis abuelos valió devolverme y terminar mis estudios en la villa.

Sobre su historia no me interesé hasta que mi abuelo, ya jubilado, tuvo que seguir trabajando (claro, en Chile, jubilar no es jubilar realmente) y formó parte del Centro Cultural Gabriela Mistral. En él aprendí, leí y escuché ciertas historias sobre el lugar en donde residía. Por ejemplo, que el nombre fue electo mediante una votación entre las diversas familias que en su fundación se asentaron en la zona. Italianos, españoles, alemanes, yugoslavos y creo que suecos o suizos votaron en aquel entonces y Don Buenaventura Joglar Amandi, quién impulsa la votación, reconoce como ganador el nombre: Villa Alemana, seguido por un voto de Villa Italiana, y funda la ciudad. También que, gracias a su clima, era conocida como “la ciudad de la eterna juventud” (título que discutiré más adelante) y que se vislumbraba como un lugar ideal para molinos y pozos. Incluso que en todo Chile no existía otra ciudad con tal construcción de redes de napas subterráneas y que en un momento alcanzó a tener más de 300 molinos. Hoy solo quedan 20.

Lo cierto es que Villa Alemana es el lugar perfecto para darse a la deriva (recomiendo consultar la teoría de la deriva de  Guy Debord (https://revistatrinar.wordpress.com/2017/10/26/teoria-de-la-deriva/)) y recorrerla completa caminando. Yo en mi adolescencia comencé a realizar dicha práctica y conocí gran parte (sino toda) esta ciudad/pueblo/aldea. El centro se hace pequeño, pero la oferta es amplia. No necesitamos mall con tantos bazares, minimarkets y mercados. Menos ahora con la llegada de tanta tienda de dueños asiáticos que proponen nuevas alternativas de todo objeto que buscamos y además económicas.

Su sector norte destaca por grandes terrenos y casas en las que me hubiera gustado vivir. De hecho, la casa de mis abuelos se encontraba en el sector norte pero al momento de la jubilación de mi abuelo debimos dejar dicho hogar y trasladarnos al sector centro-sur poniente, casi a la salida de Villa Alemana. Cerca de la casa del fallecido poeta Juan Luis Martínez, en donde hoy continúa viviendo su viuda. El sector norte destaca, además, por la creación (hace algunos años) de un sin número de condominios con casas idénticas las unas de las otras. Aunque dudo si aquello es una característica positiva o negativa.

Su sector sur se constituye mayoritariamente de casas con espacio más reducido, incurriendo en su extremo (lo que podríamos llamar periferia) en departamentos de no más de siete u ocho pisos. Recorrer la ciudad, sin dudas, colaborará con la idea de que en cada sector encontraremos lugares más habitables que otros, en cuanto a contacto con nuestros vecinos se trata.

He entrado a poblaciones y salido con menos de lo que llevaba en los bolsillos. Caminado por otras y llenado mi mochila de libros. Encontrado sectores pensados completamente para realizar diversos deportes y otros en donde conocí marcas de cervezas que jamás he probado. Sobre esto último, la juerga, Villa Alemana no entrega muchas alternativas. De noche se transforma por momentos en una ciudad fantasma, muy pocos locales proponen panoramas que llamen la atención de los jóvenes (o no tan jóvenes). Aunque si se trata de “salir a comer” varios serán los platos que se pueden probar.

En su exacto centro se encuentra la “Plaza Cívica Belén” lugar que expone una cruz de 22 metros como muestra del hermanamiento con la ciudad de Belén. Su aspecto “cívico” es discutible, puesto que si bien se realizan en ella diversos festivales o ferias y se construyó ahí un edificio municipal que supera en altura a dicha cruz, son lo más alejado del “civismo” las imágenes que suelen repetirse: desconocidos pidiéndose fuego o papelillos y alguno que otro personaje típico de la ciudad compartiendo una caja de vino.

Sus diversos sectores configuran todas las realidades que posibilita una ciudad. Desde barrios plagados de casas de dos pisos, como Troncos Viejos y Huanhualí, sectores aledaños bastante amplios (que siguen siendo parte de Villa Alemana) como Peñablanca y El Carmen o lugares que marcan al visitante por diversas razones, como sería, en mi caso, Puyaral. Este sector se popularizó con ese nombre por una antigua constructora que edificó todo el lugar, pero su verdadero nombre es Jorge Teillier. Ahí fue la primera vez que escuché el nombre del poeta. Hoy es a uno de los que más recurro a la hora de leer poesía chilena.

Lo que escribo sobre Villa Alemana es aplicable a cualquier otro lugar, aquello no lo discuto. Ahora expondré lo que diferencia a este pueblo (con aspiraciones de ciudad) de cualquier otro sitio. Si uno presta atención, a eso de las cinco o seis de la tarde, un silencio profundo atraviesa absolutamente toda la villa. Parecerá ficcional, pero es así. Los perros dejan de ladrar (quizás duermen), las bocinas de los autos ya no suenan, la gente camina sin golpear el piso contra los zapatos, los niños corren, se atrapan, golpean pelotas, rayan el suelo y los muros, todos en silencio. Si aquel hecho se vislumbra como positivo, la idea de “ciudad de la eterna juventud” no sería sino un error. Dicho silencio no es la “fuente de la juventud”, es una detención del tiempo que permite la ralentización de la vejez. Villa Alemana sería entonces una ciudad de eterna vejez, puesto que la juventud suele emigrar a otras ciudades de Chile o se aleja del país pero siempre vuelve por este silencio. Por el contrario, si la ausencia de ruido es molesta para alguien o, como me ocurrió a mí, en los momentos de silencio escuchó lo que no quería, se alejará de esta ciudad buscando perfeccionar el oído para volver luego.

Ahora que me distancié de mi villa hace ya un tiempo, extraño su distinción con las otras. La lentitud de sus días. El silencio en otros lugares se vuelve insoportable, porque en esta villa de viejos alemanes pareciera que la conceptualización de silencio se asimila más que en cualquier otro a la calma o tranquilidad. Vuelvo a Villa Alemana y a uno de sus sectores: Jorge Teillier. Recurro a él (y a un fragmento de su poema Cuando todos se vayan) para finalizar este pequeño viaje a la que siento como mi aldea.

 

“Cuando todos se vayan a otros planetas

yo quedaré en la ciudad abandonada

bebiendo un último vaso de cerveza,

y luego volveré al pueblo donde siempre regreso

como el borracho a la taberna

y el niño a cabalgar

en el balancín roto.”

 

 

Por  Ítalo.

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