Pequeño recorrido por España

En 1992 Luis Antonio de Villena realiza una antología, junto a la Colección Visor de Poesía, de poetas españoles que mantenían un sesgo clásico hasta la fecha. Incluye en ella únicamente escritores nacidos entre 1950 y 1970, antologando a quién, para la época y para el autor, aún eran contemporáneos. Titula el libro como Fin de siglo y comenta: “Toda antología —como ha quedado claro— es una opción. Yo he hecho la mía. Me parece prudente, realista y también esperanzada. Sin embargo es tanto el epigonismo que empieza ya a surgir en esta estética (…) que no me parece una antología de inicio sino de cierre.” (33).

Dicho cierre buscamos darlo a conocer mediante una selección de un poema de cada uno de los diez autores que componen esta compilación. Para ello entregamos de manera íntegra cada una de las Poéticas incluidas en el texto junto a su autor correspondiente.

 

Juan Lamillar (Sevilla, 1957)

 

¿Para alcanzar qué voz,

qué cuerpo presentido,

qué noche de amistad,

qué playa embelleciendo la memoria,

escribo este poema?

 

Alguien decía unos versos,

y una música oscura perduraba

más que el mar esa noche.

 

¿Cómo trazar tu risa en el recuerdo,

y aquel fulgor vencido de la hoguera?

¿Qué rescoldo brillante me quema ahora las manos?

 

Frente a otro mar más misterioso escribo.

Frente a una playa aún más intangible.

(de Música Oscura)

 

Luis García Montero (Granada, 1958)

 

Río seco, silencio

que bordea la puerta de mi casa.

 

En el cauce de piedras estancadas

se levanta la hierba,

aparecen objetos sorprendidos,

mundos sin hombre,

vida que se confunde con la muerte.

Pero hay tardes que llevan mis dos ojos

hasta el cauce del río,

y entre las piedras fluye el agua imaginada de la luz

deshaciéndoce.

 

Quizás…,

tal vez por eso,

alguien plantó los árboles enfrente,

vinieron labios jóvenes,

bancos humanizados por la sombra.

Y sobre el cauce vuelan muchas tardes

pájaros y miradas, solitarios

rostros que se persiguen en el agua,

buscando un tiempo vivo y detenido,

una memoria

en la que sujetarse.

 

Yo no le debo besos

pero quise darle este poema.

(Inédito)

 

Felipe Benítez Reyes (Rota-Cádiz, 1960)

 

Tuvo fulgor de joya, y estaba bien tratarla

con el rigor que existe su rango de abstracción.

Era un cuerpo de niebla, y era oscura.

Al ritmo que marcaba ordené mi vida.

 

A sus pies puse entonces lo mejor que tenía

la edad adolescente: esa ingenua manera

de ser artificiosa. Y a su reino de humo

me llevó de la mano.

 

Eran vanos los mundos que ofrecía, ya sé

que, tasada la joya, su valor no es tan alto.

Lo que aún pueda darme, ¿será sólo ceniza,

y algo de aburrimiento?

 

Era hermosa en la noche

y quiero recordar —con bastante nostalgia—

la imagen de esos años en que amaba

su belleza en exceso melancólica.

(De Pruebas de autor)

 

Carlos Marzal (Valencia, 1961)

 

Por las aguas del cuerpo y de la mente,

la ciudad fluye hacia ninguna parte.

De vivir nos consuela sólo el arte,

que es estar con la gente, sin la gente.

(de La Vida de fronteras)

 

Leopoldo Alas (Arnedo, La Rioja, 1962)

 

En los tiempos que corren, salvo si tengo miedo,

prefiero estar sin preguntarme nada.

No importa dónde quedan los días que han pasado

ni entender si es eterna la vida, breve o larga.

Lo único que pido son sentimientos claros

y ver la luz del sol cuando despierto.

 

Comprendo que se va estrechando el cerco

y que el azar me tiende inesperadas trampas.

Los sueños no me alteran porque sé que son vanos

y olvidar me libera de penosas jornadas.

En mañanas oscuras, pocas veces al año,

me cubro con la sábana y lloro por los muertos.

(De La condición y el tiempo)

 

Esperanza López Parada (Madrid, 1962)

 

Cuando él me contó que había visto por vez primera nevar

tras su visita a la iglesia de Toulouse,

comprendí, por su asombro, los beneficios

que sobre un ser obran algunos fenómenos,

a través de los efectos de la nieve en su imagen del mundo.

Porque él hablaba del silencio que la adelanta y la denuncia,

un agua antes oída y sólo escuchada,

casi desde el borde de la tumba de Tomás extendiéndose.

Hubo quietud más tarde y el viento se redujo.

Las cosas se mantenían calmas, precisas y mirándose,

al cabo de tanto —según me dijo— ya perfectas.

Y todo ello era como una figura pacífica,

algo sensato para recordar y ser descrito.

(De Los tres días)

 

José Antonio Mesa Toré (Málaga, 1963)

 

Un joven, pensativo, mira el cielo,

paréntesis de luz en el afán estéril

de capturar el tono de la vida en un verso.

Han pasado los años con la prisa

del asesino por borrar las huellas

y el viento y las aguas huidizas se han llevado

la inocencia, las manos que en la noche

disponían los límites del sueño.

Todavía le quedan unas cuantas reliquias:

varios libros firmados, los diplomas

escolares y vanos que afean las paredes

y las cartas que desde la tardanza

le enviara una novie desdeñosa.

No sabe bien si el tiempo se recobra o se pierde

y acaso —piensa ahora— en esa dud

esté la madurez. Ya no tan joven

como para ingresar en las antologías

del ramo, aunque le sigan

diciendo las visitas que es muy listo,

acepta en la bonanza de la tarde

que malgastó las horas persiguiendo fantasmas

entre la densa niebla de los folios.

Y con los ojos húmedos, cansado,

mientras a sus espaldas el cielo oscurece,

regresa a su cuaderno: Un joven, pensativo…

(De El amigo imaginario)

 

Vicente Gallego (Valencia, 1963)

 

(A man of no fortune and with a name to come)

 

Entrego muchas horas a mi cuarto,

comparo algunas tardes, por ejemplo,

a un animal prehistórico y herido,

o a la dama que arroja, lentamente,

su lencería oscura en mi ventana.

Pero sé que la tarde es solo eso:

una costumbre antigua de mis ojos.

Me reprocho a menudo muchas cosas

a las que no me atrevo, y a los errores

que a veces cometió mi atrevimiento.

Procuro parecer un poeta mundano,

como John Donne, profundo y algo frívolo,

que se cuente conmigo en cualquier fiesta,

aunque suelen mis versos,  mi vida,

traicionar esa imagen.

No sabría explicaros, con rigor,

por qué razón escribo, abandono

esa fatiga a mis colegas doctos,

mas no quiero curarme el vicio absurdo

de las letras. Me gustan las mujeres,

pero ellas, por más que yo intento,

no me ayudan a ser un mujeriego.

Por su causa he sufrido de verdad

—jamás finjo el dolor que hay en mis versos,

aunque finja tal vez otro motivos—

Se podría decir que soy feliz

en general, sin sorna ni entusiasmo,

y me veo corriente —aunque me gusto—,

creedme que lo siento, pues habría

querido para mí más altas metas,

otros tiempos proclives a la gloria.

Intento sin embargo acomodarme

a este papel que a veces me incomoda

por discreto, por triste o por amargo.

Hago inventario de los nombres idos

—procuro hacerlo con palabras bellas—,

y pierdo el tiempo censurando al tiempo

su actitud descortés para con todos.

(De Los ojos del extraño)

 

Álvaro García (Málaga, 1965)

 

(Versión de un poema de Miquel Martí i Pol)

 

No te diré qué hay detrás de las palabras.

 

Ha llovido y, el resto de la tarde,

será todo más íntimo y más claro.

 

Huyamos de cualquier palabrería.

Digamos solamente lo esencial,

tan sólo las palabras para crecer y amar

y el nombre más sencillo y útil de cada cosa.

 

Luis Muñoz (Granada, 1966)

 

La fortuna celosa de una tarde sin rumbo.

El esplendor de un cuerpo que al marcharse

aviva las palabras y el fuego de las horas.

 

La soledad doblada a una respuesta.

Aquel que fuimos o seremos,

el que quisimos ser en una noche aciaga.

 

La primera visión,

de un mundo repetido, la urgencia de los ecos,

el nardo de la luna.

 

Todo lo que es del orden

de la fugacidad y del conocimiento.

 

También el ejercicio vano de conferirle un rostro.

(Inédito)

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