Sobre el mérito: rastreo de la mutación semántica y translocación ética realizada por la lógica mercantil en la Universidad

 

En un país hispanoamericano cualquiera se realiza un encuentro deportivo en una cancha de fútbol. Participan, como se sabe, dos equipos, once jugadores contra once jugadores. En el trámite del partido, por un lado, el primer equipo tiene mayor posesión de balón, cantidad de disparos al arco y se asocia colectivamente en función de provocar, por medio de sus acciones, el error de su rival. Su juego se vuelve un espectáculo y es alabado por la afición que observa atentamente. Por otro lado, el segundo equipo no se asocia en el juego colectivo, tiene poca movilidad del balón y espera, ´plantado´ en la barrera defensiva, el error rival para anotar un gol en contra-ataque. Luego de 90 minutos, el tiempo reglamentado, el juego finaliza. Sorpresa. El segundo equipo, el ‘plantado’ en la barrera defensiva de su área, termina ganando el partido. En las pocas llegadas al arco rival resultó ser más efectivo y convirtió el gol.

Ambos métodos de ganar son permitidos y legítimos de utilizarse. Ahora bien ¿son, a su juicio, igual de meritorios? Probablemente no, el segundo equipo está menos autorizado al triunfo –meritocráticamente hablando–. A su vez, el primer equipo, por lo que hizo y propuso deportivamente, estaba más autorizado al éxito. Sin embargo, hoy en día, se ha instalado esa sensación de que ambos métodos son igual de meritorios, aun cuando el método utilizado por el segundo equipo fuera más obra del azar que del trabajo mancomunado, de ahí la sorpresa.

Esta lógica, de la que es reflejo la actual idiosincrasia del fútbol, no solo se manifiesta en el deporte. Se está manifestando en muchas otras esferas de la vida pública, también en el ámbito educacional. El mérito, categoría otorgada por un sujeto otro a quien se hace merecer de un logro, guía la selección de cargos laborales, justifica los triunfos deportivos, orienta los logros de procesos académicos, entre otros. Al parecer, se ha utilizado al mérito como justificación en la adquisición de logros, y sin embargo, se ha perdido el pleno sentido del mismo que paulatinamente, en tanto mecanismo de selección, se va transformando en la justificación ética del fenómeno de la desigualdad.

Pero ¿qué es el mérito? Etimológicamente, en el latín clásico, la palabra meritō se deriva del verbo mereo que significaba merecer, siendo el meritō la acción de ganar con razón o justicia (Mir 299). No obstante, probablemente su raíz sea más antigua y provenga del griego clásico bajo el término μέρος εος que podía significar un espectro léxico bastante grande, dependiendo del cotexto en el que fuera expresado: desde parte o porción, pasando por alguna forma de destino y hasta una cualidad o condición (Pabón de Urbina 386). Actualmente, la palabra mérito mantiene, en términos formales, el significado del latín y del griego. El mérito es, en cuanto a la persona, una acción que lo hace digno de recibir un premio o castigo, y en cuanto a las cosas, aquello que hace que tengan valor (DRAE en línea). Bajo este marco, lo cierto es que podemos constatar una relación de correspondencia entre la acción meritoria y el acto de la entrega de algo merecido, algo que puede ser entendido como logro o premio.

 

Ahora bien ¿qué implicancias tiene utilizar hoy el mérito como medida para otorgar un beneficio? ¿Qué relaciones problemáticas y escondidas encierra el término mérito? ¿Por qué el mérito se ha transformado en la medida más popular utilizada por la lógica mercantil y que alcances puede significar este fenómeno en la educación formal, particularmente la universitaria? Algunas de estas interrogantes son las que buscaremos intentar dilucidar en las líneas siguientes.

En estos tiempos, la meritocracia es el mecanismo, a priori más idóneo, por medio del cual todos puedan acceder a una aspiración (cargo público, cupo estudiantil, trabajo remunerado, etc.). Seguramente, y si lo preguntáramos por la calle, la gran mayoría de personas diría que sí. Sin embargo, y en lo práctico, por la lógica mercantil, el mérito es utilizado hoy en términos de producto y no de proceso. De este modo, la lógica de la ganancia, y no de los actos realizados para alcanzarla (lo que lo hace realmente meritorio), invisibiliza las condiciones materiales de los sujetos que ejercieron esos actos en función de obtener la ganancia, o aquello que ellos ven o les muestran como tal[1]. No se juzga con razón y justicia el proceso, porque pensémoslo, no resulta igual de meritorio realizar 40 actos distintos en un proceso para alcanzar un logro, que solo realizar 2 para alcanzar el mismo logro en condiciones materiales totalmente distintas y desiguales. La lógica del mercado no evalúa el mérito en función del proceso y del producto, sino solamente en función de este último.

¿Es entonces el mérito una medición injusta? De suyo no lo es, o al menos resulta una propuesta legítima. Pero sí es problemática al momento de aplicarla bajo la lógica mercantil que soslaya los procesos para alcanzarla. En este sentido, el mérito paulatinamente ha perdido su primera acepción, es decir, la acción que hace digno al hombre, y se ha acentuado en la segunda, es decir, ser o convertirse en un objeto valorado[2]. Por eso, cuando hoy las empresas y las instituciones en general promulgan, publicitan y defienden el discurso de la meritocracia, lo forjan otorgando una mayor relevancia al valor, o más bien, lo que significa para esa institución contar con ese valor. Pero, en gran parte de las ocasiones, invisibilizan las acciones que la persona tuvo que realizar para alcanzarlo. Vivimos en la lógica del producto, no del proceso. En todos los enunciados utilizamos el término mérito para designar una cosa particular de él (valor), pero no el fenómeno completo que le es propio (acción-valor). La utilización terminológica en el discurso de la meritocracia nos está engañando, se está utilizando un mismo término de forma ambivalente. La meritocracia que nos presentan no persigue el bien de la justicia porque no mide ni transparenta los medios utilizados en la persecución del mérito. “En una misma lengua las expresiones pueden significar cosas diversas y diversas expresiones pueden significar lo mismo” (Gadamer 146)[3].

En esta misma línea encontramos dos plasmaciones reales y contingentes, a saber: “Tu mérito es un valor” y “Valoriza tu tesis”. Ambos enunciados forman parte del campo publicitario-académico de una Universidad chilena[4]. Por si no quedara claro, no de un estudio interno de las carreras de Periodismo o Publicidad, sino de una plasmación externa real que relaciona a la institución con la esfera pública, es más, en la concreta vía pública. El primero, una premisa, se pudo encontrar en una gigantografía expuesta a un costado de la línea ferroviaria que articula a gran parte de la región de Valparaíso de Este a Oeste y en la principal avenida costera que une las dos ciudades más grandes de la misma, a saber, Viña del Mar y Valparaíso. El segundo, una exhortación, está insertado en unos afiches más pequeños que han sido divulgados en las sedes de la Universidad, impulsando a priori el desarrollo de proyectos internos de investigación e invitando al estudiante a valorizar el fruto de una acción, el trabajo de tesis para optar a un título o grado académico, que ya es de suyo meritoria, aunque esto último no quede realmente expreso en el enunciado.

En consideración a la problemática y ambivalente utilización del término mérito, las instituciones universitarias entendidas como los principales centros formativos, del trabajo del pensamiento y la crítica en función de su aparente autonomía, hoy también, y tal como enunciamos en los dos ejemplos precedentes, se han valido del juego discursivo de la meritocracia en términos de la lógica mercantil. La lógica del mercado se ha integrado a tal escala en nuestras aulas universitarias que, por ejemplo, la práctica de evaluación se ha tornado una observación de meros productos, los proyectos investigativos se han transformado en recursos materiales obtenidos, la aprobación de asignaturas se ha convertido en la obtención de ‘créditos’ y los trabajos de título y tesis deben ‘valorizarse’ –como invitaba el enunciado exhortativo de la universidad chilena– como si  la realización procesual y factual del trabajo investigativo y de aprendizaje mismo no fuera un resultado valorable y meritorio per se.

Al parecer, y como indica Thayer (95-103), nuestra Universidad ha sucumbido como un espacio ético de resistencia a las lógicas externas, ha perdido su autonomía crítica y decisional[5], ya no es más la institución que controla y fiscaliza el saber. La Universidad se ha convertido en una institución más, controlada, fiscalizada y resignificada por la filosofía y el discurso del mercado, prueba de ello resulta la ‘resemantización’ del término y el mecanismo del mérito.

La lógica del mercado es dañina. Usted podrá pensar que existe una especie de mercado puro e ideal, platónico, que no provoque daño, que viva en el mundo de las ideas. Pero lo cierto es que no lo hay, este “se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan” (Ratzinger 58). Y en el tiempo, la configuración cultural predominante, la que ha traspasado los muros de la Universidad desde afuera, pero que germinó en su interior y se volvió contra ella, es el neoliberalismo de mercado. En ella, como indica Alvarado, la racionalidad del capital se manifiesta “como un estilo de vida que define un tipo de relaciones de producción” (64). En este marco paradigmático, los enunciados publicitarios de universidades han trastocado el término del mérito y han impulsado, entre otras cosas, la capitalización de los conocimientos humanos en tanto que bienes de compra y venta, ensombreciendo el principal principio ético clásico de administrar bien un bien recibido en razón de la responsabilidad de adquirirlo individualmente y las necesidades de una comunidad donde ejercerla socialmente (la salud en los médicos, la justicia en los jueces, la fe en los sacerdotes, por ejemplo). De ahí la responsabilidad social del bien ejercer y administrar un bien recibido, por ejemplo, una profesión específica. Porque la comunidad, en parte, depende del ejercicio individual con sentido social de un profesional.

Ahora bien ¿Qué alcances puede significar la sumisión de la Universidad a la lógica mercantil y al discurso de la meritocracia? Si la Universidad, principal centro formativo de profesionales, trastoca sus orientaciones éticas, es decir, si opera injustamente en razón del oculto sentido del discurso meritocrático y postula, a su vez, la capitalización de conocimientos en razón de la adquisición de un bien de mera pertenencia individual, estaremos formando una sociedad más estática, injusta y desprovista de desafíos éticos. El actual dilema moral de las sociedades pluralistas y democráticas se juega aquí: “en el modo como se equilibra el dinamismo social de las libertades y la necesidad de responder a las exigencias de justicia” (Correa 32). Es que la Universidad no será ya el espacio para pensar(se) ni criticar(se), se convertirá en el lugar de la adquisición abstracta de conocimientos y de la producción de un capital humano individual adquirido por un medio (el mérito), que aplicado por la lógica del producto, resulta propiamente injusto.

 

El mérito, en su problemático y ambivalente sentido, se ha transformado en una justificación ética de la desigualdad. Día a día, las instituciones, las empresas, también la Universidad en tanto que actual neo-empresa formativa de producción, lo han utilizado como excusa en la aprobación o rechazo de las posibilidades de realización de las personas: ‘él reúne los méritos’ y ‘ella no los reúne’, etc. Dicho así, el discurso de la meritocracia está desprovisto de toda visión campal de la ética, pasando por alto el principio de justicia.

 

Bajo estas condiciones, juzgar algo como meritorio o no hoy en día puede transformarse en una acción de suyo injusta, porque juzgamos en razón de lo obtenido, es decir, el valor, y no incorporamos el proceso, es decir, la acción que lo incita. Desde Aristóteles (169-175), entendemos la justicia como dar a cada cuál lo que le es propio, es decir, lo que merece ¿pero cómo sabremos lo que merece si no conocemos sus condiciones de posibilidad a priori al logro alcanzado?  Y ¿si desconocemos la dificultad de las acciones que sorteó para alcanzar el logro? No cabe dudas, el juicio del merecimiento debe ser más amplio, no puede acotarse al producto, aun cuando en la lógica de la producción sea este último, junto con la utilidad alcanzada, lo que más interese.

Por último, y bajo estas circunstancias ¿qué desafíos éticos compromete, entonces, la sumisión al discurso de la meritocracia que promulga y defiende la lógica mercantil? Si entendemos a la ética como una disciplina filosófica práctica, no meramente teorética, y adherimos a la idea de Ricoeur (1) que la remite a la búsqueda de lo bueno y a su justificación racional, no tendremos mayores problemas en plasmar los desafíos éticos que nuestro problema arrastra.

En primer lugar, consideramos propicio transparentar el discurso utilizado, desengañarse y desengañar a las personas que creen en él. Como hemos indicado, el mérito elude su sentido completo, es decir, acción (proceso) y valor (producto), privilegiando a este último. Por lo tanto, todo hipotético y eventual juicio meritorio solo fijaría su mirada en lo obtenido, pero no en el cómo fue obtenido. Se elude, de esta forma, las condiciones materiales distintas y desiguales de los sujetos que alcanzan un mérito.

 

En segundo lugar, es menester transparentar el mecanismo de la meritocracia. Por un lado, porque el mérito no es medible sino en términos imparciales, y la imparcialidad no es coherente con la justicia. Por lo tanto, si pertenece al mérito el ser concedido por justicia, y a su vez, este es injusto, entonces no puede conceder una medida que no posee. Por otro lado, y en consecución a lo anterior, aun cuando el mérito existe, su función como mecanismo de movilidad social es residual porque generalmente son los movimientos y factores externos los que determinan la estructura social, no el mérito (Puyol 174). Rememorando el ejemplo del partido de fútbol inicial, y haciendo una analogía con los principales participantes de la racionalidad mercantil: “los mayores beneficiarios del mercado no siempre se lo merecen según los criterios de la meritocracia, incluso si se produjese una verdadera nivelación del terreno de juego” (Puyol 175).

En tercer lugar, y en cuanto a la Universidad, a la institución le compromete formar con agudeza analítica y ética a sus profesionales, para capacitarlos en el reconocimiento del error de la justificación autocomplaciente del mérito y comprender el sentido profundo de la justicia. A su vez, y desde el trabajo interdisciplinar no reglamentado ni protocolizado, puedan, sus estudiantes, generar un espacio de resistencia a la racionalidad del mercado, formando un carácter verdaderamente crítico y autónomo incluso fuera de sus murallas. La formación profesional ocupa un lugar relevante en la sociedad, los profesionales serán los líderes de la misma, y sus nociones preconcebidas (a prioris históricos), es decir, las no sometidas a juicio crítico, serán también las que primen y se prolonguen en el desarrollo de la estructura y movilidad social futura.

 

Paradojalmente los dos ejes de los desafíos éticos propuestos esbozan entre la transparencia y el sentido de justicia, dos coordenadas que hoy en Chile navegan muy lejos de nosotros, basta revisar, para ello, la vasta cantidad de casos de corrupción, política y empresarial, y encubrimiento de delitos económicos, por ejemplo. Quién sabe, quizás más de algún grado de relación guarde de acuerdo con la involución manifiesta del discurso y el mecanismo del mérito provocada por la lógica mercantil ya desde las aulas universitarias, lugar donde líderes políticos y empresariales fueron formados.

 

En síntesis, y para finalizar, sostenemos, en primer lugar, que la racionalidad del capital por medio de la lógica mercantil ha resignificado violentamente el concepto, discurso y el mecanismo del mérito, defendiéndolo como una medida justa y eludiendo, por una parte, su imparcialidad y, por otra, la valoración del conjunto de acciones (el proceso) que llevan a alcanzar el mérito. En segundo lugar, la Universidad ha sido una de las instituciones precursoras en este proceso de resemantización del discurso de la meritocracia, sin lograr, en la mayoría de los casos, deconstruirlo y evidenciarlo en la esfera pública, incluso, utilizándolo para su favor. En tercer lugar, la apropiación del discurso de la meritocracia de la lógica mercantil en la Universidad significa un serio daño en la forma de relacionarnos socialmente en la esfera pública, en la manera de guiar y regular las elecciones éticas de las personas y, especialmente en lo que concerniente a la ética profesional, entendiendo a este último como un sujeto que ha adquirido un bien procedimental y cognoscitivo, y tiene que administrarlo.

 

Cabe, por último, dejar algunas preguntas de una plausible y ulterior reflexión a este respecto ¿Qué otro rastro de la lógica mercantil ha dejado tal huella terminológica violenta como el mérito? ¿Existe siempre una correlación entre los procesos de mutación semántica y la perturbación de principios éticos? ¿Es posible hoy erradicar la lógica mercantil del espacio universitario desde adentro o ya existen demasiados intereses comprometidos? Luego de la mutación de términos como el mérito en el discurso de la cotidianidad ¿Qué entienden hoy las personas por justicia? Seguramente, este último concepto también habrá sufrido más de alguna modificación y, por tanto, quizás los criterios éticos también.

 

Por Javier Obreque Zamora

 

 

 

 

 

 

 

Referencias bibliográficas

Alvarado, Miguel. Diálogo y cuestionamiento en tiempos de la racionalidad capitalista. Notas sobre «Caritas in veritate», Veritas 22 (2010): 53-68.

Aristóteles. Moral, a Nicómaco. Madrid: Ediciones Austral Espasa-Calpe S.A., 1983.

Araos, Jaime. “Lenguaje, identidad y diferencia”. La filosofía aristotélica del lenguaje. Pamplona: EUNSA, 1999.

Ratzinger, Joseph (Benedicto XVI). Caritas in veritate. Santiago de Chile: Ediciones UC, 2009.

Correa, Mauricio. “Algunas cuestiones fundamentales acerca de la “Moral Civil””, Veritas 8 (2000): 27-52.

Real Academia de la Lengua Española. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. En línea. Consulta realizada: 18 de Junio, 2017. Disponible en: http://dle.rae.es/?w=diccionario

Gadamer, Hans Georg. Verdad y Método (Tomo ii). Salamanca: Ediciones Sígueme, 1998.

Mir, José María (Dir.). Vox. Diccionario Ilustrado Latino-Español Español-Latino. Barcelona: Bibliograf S.A., 1994.

Müller, Max y Halder, Alois. Breve diccionario de filosofía. Barcelona: Editorial Herder, 1986.

Pabón de Urbina, José (Dir.). Vox. Diccionario Manual Griego-Español. Barcelona: Bibliograf S.A., 1988.

Puyol, Ángel. Filosofía del mérito, Contrastes 12 (2007): 160-187.

Ricoeur, Paul. “Ética y moral”, Veritas 10 (2002): 1-16

Thayer, Willy. “La crisis no moderna de la universidad moderna”. El fragmento repetido. Santiago: Metales pesados, 2006. 95-133.

[1] La ganancia es una entidad subjetiva y aparente, no real. Algo adquiere la categoría de ganancia bajo condiciones específicas.

[2] Convertirse en un objeto valorado ya es, en parte, cosificar las cualidades y potencialidades de la persona

[3] Puede profundizar el tema de la ambivalencia y equivocidad en: Araos, Jaime. “Lenguaje, identidad y diferencia”. La filosofía aristotélica del lenguaje. Pamplona: EUNSA, 1999.

[4]  En este caso, pertenecen a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV).

[5]  Entendemos por autonomía la posibilidad de poseerse y gobernarse a sí mismo en función de decisiones que le son propias (Müller y Halder 49), la Universidad ya no es un sujeto autónomo.

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