Escritura creativa: Magenta

No debe sorprender que el movimiento sea una de las temáticas que motivan la escritura de Daniel Rojas. Transitando entre Valparaíso y Viña del Mar, por motivos de estudios, y  criado en Punitaqui (Región de Coquimbo) viajar es un evento que no solo realiza por necesidad, sino que, a su vez, por gusto. Aunque suele sentir mareos en buses o incluso automóviles, aquello no lo distrae a la hora de apuntar ideas que luego se transformarán en relatos brillantes. Aquel desplazamiento no es únicamente superficial ya que, como se percibe en sus escritos, oscila entre diversos autores, mecánicas de escritura y formas que le permiten desarrollar sus relatos, cuentos o ensayos tal como él los desea. A continuación presentamos el cuento Magenta, el cual nace del “Taller de narrativa W.K.” desarrollado en la P.U.C.V durante los últimos tres años. Daniel fue uno de sus impulsores.

Í.R.

 

Magenta

 

Abrió sus ojos, en el mismo lugar en el que había estado la última vez. Siempre era así. Después de días ―a veces semanas o, incluso, meses― era sustraído de la misma manera abrupta en que llegaba. Se desperezó sobre la hierba, a metros de una biblioteca, y, sobre su regazo, descansaba el mismo libro que desde ahí tomó la última vez. Ineludiblemente, se preguntó cuánto tiempo pasaría esta vez hasta que tuviera que regresar. La respuesta fue la misma: «No importa».

            No importaba, porque era una cuestión que escapaba inexorablemente de sus manos. Esta es la clase de sabiduría que se obtiene en este lugar: Magenta. Aquí, donde proliferan bibliotecas colosales, paisajes titánicos y solitarios, además de ágoras inmensas saturadas por las lenguas disímiles de hombres y mujeres ―sobre todo de hombres― que se reunían a compartir cuánto sabían; pero, más que nada, lo que no sabían: ¿Cómo llegaban a Magenta? ¿Qué es Magenta? ¿Por qué la transportación tenía lugar siempre ante la misma situación, para todos sin excepción? ¿Por qué los días pasados aquí, allá, en la Tierra, se reducían solo a un instante? ¿Por qué al volver no recordaban nada?

            Del otro lugar, la Tierra, lo sabían todo. Por ejemplo, que efectivamente existía un dios creador, pero que en ningún caso este había creado el cielo y la tierra, sino que solo la semilla que gatilló la aparición de nuestro universo ―lo que quedaba claramente explicado a través de la teoría ecpirótica y no la del Big Bang―; también, que aquel dios perfectamente podría haber sido un hombre como ellos, en la medida que la teoría de los universos paralelos de igual modo era cierta. Y así sucesivamente, tenían el conocimiento de todo aquello que, en la Tierra, se presentaba como un gran enigma.

            Pero las preguntas sobre Magenta no los atormentaban. En este lugar, en el que se hallaban totalmente desprovistos de pasiones, el mayor pasatiempo era pensar y dialogar*. Por tanto, sin las preguntas, se hubiesen vuelto locos.

                       /*Por ello se concluyó, en un primer momento, que este lugar y ellos mismos no eran más que la trasposición de la conciencia que poseían en la Tierra a un plano diferido y diferente; no obstante, pronto adquirieron conocimiento de la materialidad que poseían, idéntica a la del lugar desde el que venían./

            Transcurrieron un par de meses. Llevaba consigo el mismo libro; aun no terminaba de leerlo. Bajo el brazo lo acompañaba mientras caminaba por el borde de un agudo precipicio, en medio de una noche perforada por tres inmensas lunas. Entonces, lo sintió. Sabía que, de un momento a otro, sería sustraído. Respiró una bocanada profunda de aire; dirigió una mirada a su alrededor totalmente despoblado. «Hasta pronto», dijo en voz baja, sin dejar de percibir la cursilería en sus palabras.

            Abrió sus ojos. Distinguió el techo raso sobre él. Aguardó un momento, en la misma postura, antes de dejarse caer, agotado y triste, junto al cuerpo lánguido de una mujer anónima. «¿Te gustó?», le preguntó a ella, sin ningún interés por la respuesta, a la vez que llevaba un cigarrillo recién encendido hasta sus labios. Libre del recuerdo ―u oprimido por el olvido― de los últimos dos meses, ignoraba que el deseo culpable que lo empujaba cada vez de forma más asidua a ir por putas ―y, por supuesto, también porno― era más que una cuestión meramente carnal: se trataba de un anhelo, hondo y trascendente, por alcanzar el orgasmo que lo condujera de vuelta a Magenta.

 

 

 

 

 

 

 

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