Archivo: Stella Díaz Varín

 

Nuestros amigos de Hebra Editorial, en el año 2011, publica el libro Stella, Poesía íntegra, en donde recopilan los poemarios Razón de mi ser (1949), Sinfonía del hombre fósil y otros poemas (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959) y Los dones previsibles (1992) de la poetisa serenense. Realizamos una elección de un poema de cada poemario, para  así exponer, a continuación, un atisbo de su sentido poético.

 

Origen de la Soledad

 

Cómo es que pretendes poseer mi pensamiento

y mi mirada de estremecida fiera,

cómo es que pretendes poseer mi soledad

a través de la raquítica arquitectura del sonido,

cómo es que pretendes encontrar el origen

de mi violento mandato, más allá

de la séptima agonía de tu pecho.

 

Soy y seré después de los advenimientos

y de las cicatrices imborrables de tus párpados.

Ay, noche, a ti te digo mis estertores,

desparrama tu pomo de fragancias.

 

Aunque de opacos soles venga tu reinado de aguas

y los peces invadan mi velamen,

yo te diré del purificado peregrino

y de la hondura de su lágrima.

 

Desde la cripta donde habita el ansia

te hablaré de mi noche y de tus astros,

del vasallaje estéril de los dioses,

y de la inútil senectud del alma.

 

Dices que presentías mi vertiente

cuando aún no venía,

del remoto cataclismo de amapolas,

de era grande la dicha de saberme

y era honda amargura mi llegada.

Yo te diré, después del primer y último

titilar de la lágrima,

que es inmensa amargura el no tenerme.

 

No quieras que me encuentre

en el confuso panorama de algas,

ni busques en la cuenca de las olas

mi escondida palabra,

Yo estaré lejos, lejos, solamente

donde la luz no hiera mi pupila de estanque;

estaré lejos, lejos, lejos,

mis dedos convertidos en puñales,

hurgando en los cabellos de la virgen

-raíz semi escondida de la llama-

mis propias actitudes.

 

Amada fiel, mi soledad, ¿me dejas?

Vuelve a la noche. Espera, calla.

Es que quiero adorarte.

 

(De Razón de mi ser)

 

Introducción al vértigo

 

II

 

Cuando a mortales sacudidas y espesas nieblas

tiendo a vencerme sobre algas gigantes,

y en actitud de sol desposeido,

me escondo en los umbrales de las puertas.

Como pez derrotado, su suavidad perdida,

como hacinando grupo de maderas,

como apagada hoguera, como un grito,

como despedazado pan, como yo ciega.

 

Vengo en creerme un eslabón y un símbolo

y una predilección y un desafío,

vengo en creerme la soñada boca

y el huésped prometido y la palabra cierta;

cuando a quietudes y a presentimientos

y me encuentro en la tierra caminando…

 

Háblame corazón, hállame sangre,

encuéntrame mortaja, desentiérrame,

que bajo ligera nieve estoy ardiendo.

Deja caer el pelo sobre mi espalda de sonora mandera,

bésame con la lengua de hoja húmeda

y déjame morir definitivamente.

 

Los vientos encogidos

me azotarán insectos,

y en las manos asiré una luciérnaga.

(De Sinfonía del hombre fósil y otros poemas)

 

La casa

 

Dejaban mi cabellera colgando desde el tronco

de la puerta como trofeo.

Sin precedente en la historia de los indios manantiales,

y una cuenca abierta,

para la mirada de los ojos indiscretos

colocada a la acera del abismo…

Y esta era mi morada.

 

Una víbora, encerrada en la jaula,

destinada a cualquier pájaro,

y una piedra caída temporalmente desde la cima,

una piedra nómade en busca de aventuras

servía de puerta, de mesa de comedor…

 

Qué queréis que se haga con estos materiales.

Nada. Sino escribir poesía melancólica.

 

Acaso, cuando la noche

se despierte debajo de los murciélagos,

no haya otra cosa sino una sensación,

y a estas vertientes que a uno le aparecen

desde el fondo de los ojos.

 

No haya

sino un alud de hijos de piedra,

de hijas de agua

de hijos de árboles.

 

Entonces escribiré mi biografía

al uso de los poetas indecisos.

Miraré a través de una llama de cobalto

y distinguiré objetos olvidados;

como cuando dormía adosada a la pared

y todo parecía bello sin serlo.

Tomaré una de mis pequeñas flautas colgantes

y entonaré la canción del amor.

 

(De Tiempo, medida imaginaria)

 

Promesa

 

No te preocupes

Querido niño ávido

Tendrás tu perro azul

Te lo prometo

Siempre que lo fabriquen.

Además

Te prometo un puro tiempo

para lanzar anillos de por vida

En la cercana sombra de los

parques.

(De Los dones previsibles)

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: