Pintura fresca

Por Ítalo Riviera.

 

Mis tíos eran todos niños aún cuando mi abuelo comenzó con esto. Dicen que para ellos septiembre no trataba de volantines, chicha, empanada o cueca. Septiembre lo recordaban con olor a pintura.

Cuando yo era pequeño él siempre me decía que pintaba la casa porque ya estaba sucia o porque se podría descascarar. Lo cierto es que yo no entendía de fechas ni necesitaba mayores respuestas. Cuando comencé a dudar sobre cómo crían las familias a sus hijos noté que mi abuelo pintaba la casa completa una vez al año, siempre el 11 de septiembre.

Nunca le di importancia. Para mí era normal que la casa fuese pintada por lo menos una vez al año y que era necesario cambiar su color. Mis papás me decían cuando niño que así mi abuelo comenzaba septiembre, para recibir a las visitas que traería el 18. Pero mi tata nunca fue de celebrar eufóricamente esa fecha. Más bien era de comer harto, tomar un buen vino en el almuerzo y dormirse temprano. Mis tíos, por otra parte, tomaban todo lo que mi abuelo no. Cada año terminaban, a eso de las 04:00 am, desfilando en plena calle mientras entonaban el himno nacional o una canción de moda. Yo los miraba desde la vereda, reía y sabía que ya era hora de irse a acostar.

Sobre el 11 sabía poco. Veía en las noticias desmanes, marchas en recuerdo de desaparecidos y eventos en que destacaba la palabra “Memoria” en su nombre. Pero, como debe ser cuando nos descubrimos solos frente al mundo, comencé a preguntarme sobre qué tenía de importante ese día. Algunos me decían que se conmemoraba la caída de un gobierno de izquierda que tenía al país en crisis. Otros, por el contrario, comentaban que había ocurrido un golpe de estado, los militares tomaban por la fuerza el poder y comenzaba así una dictadura que, por casi 17 años, mantuvo encerrados a los chilenos en sus propias casas.

Estudié lo más que pude, seguí preguntando y logré una conclusión que me dejó tranquilo un par de años antes de salir del colegio. En Chile hubo una dictadura, se violaron los derechos humanos y Augusto Pinochet no debía ser llamado Presidente, sino que Dictador. La mitad de mi familia se molestaba con mi postura. La otra mitad me sonreía pero preferían evitar el tema en la mesa. Lo cierto es que mi abuelo nunca dijo nada.

Él siempre fue ferroviario. Me paseaba de Limache a la estación Puerto en la cabina y solía dejarme apretar un par de botones. Mi abuelo no era maquinista, se encargaba en realidad de realizar distintas mediciones en la subestación de trenes de Villa Alemana. A un lado de dicho lugar teníamos nuestra casa. Una casa que yo recuerdo inmensa, con un patio en donde incluso había un arco de fútbol, una piscina que se inflaba a pulso y varios árboles frutales. Una casa por la que mi abuelo no pagaba un peso, porque se la había entregado la empresa para que, en caso de emergencia, estuviera a menos de un minuto de la subestación. Un hogar en donde vivíamos todos un poco apretados y con suficiente espacio para no estar incómodos. Misma casa que, cuando se jubiló de la empresa, pidieron que desocupara y tuvo que comprar con el mismo dinero de la jubilación. Esa casa pintaba mi abuelo los 11 de septiembre de cada año, a veces ayudado por todos, otras por ninguno de nosotros.

Recuerdo haber estado varias veces pintando la parte de atrás cuando era pequeño. Como era la que no se veía hacia la calle, mi abuelo me pasaba un rodillo y me decía que pintara tranquilo, sin dejar espacios del color anterior. Porque, debo destacar, jamás se pintaba la casa del color que había tenido durante un año. Muchas veces volvíamos a colores que tuvimos años anteriores, pero nunca de manera inmediata. La casa fue pintada de todos los colores que mi abuelo podía pagar. Variedades de azules, verdes, amarillos, rojos y blancos. Jamás negra o morada. Mi abuela se alegraba de verlo llegar con distintos tonos de amarillos o naranjas. Y recuerdo que no le habló por más de una semana cuando la pintó de un verde musgo que a pocos en la familia les gustó. El hecho es que yo pintaba sin hacer caso de sus indicaciones, no seguía una única dirección y, cuando me desconcentraba, dejaba tirado el rodillo en el suelo sin importarme ensuciar luego la pared con tierra. Él se molestaba al comienzo, me pedía dejarlo continuar en mi lado y, únicamente con su brocha regalona, corregía mi impaciencia con una serenidad en sus movimientos que me invitaba a observar en silencio. Recuerdo sentarme en la tierra cerca de la pared que él pintaba, de cara al sol, y mirar cómo la brocha perdía su forma al entrar en contacto con el muro. Con la sombra de su brazo mi abuelo dibujaba una serpiente en la pared. Esa sombra también me cubría la cara del sol por momentos y me mantenía tranquilo. Su gesto era de extrema calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo para pintar esa casa que ni siquiera era suya.

Me gustaría escribir más datos y mentir un poco. Escribir por ejemplo que una vez pintó la casa con un color amarillo fluorescente y que mis tíos (en plena adolescencia) se avergonzaban de invitar amigos a ella por el color. También, que una vez aprovechó los colores sobrantes de años anteriores y, dando paso a su lado más artístico, practicó pinceladas de diversos tonos por toda la casa. O quizá comentar que en plena dictadura detuvieron a mi abuelo por considerar una performance su manía por pintar la casa completa, torturándolo y amenazándolo de muerte si volvía a hacerlo. Pero aquello sería volver este relato netamente ficcional, perdiendo, hasta cierto punto, su valor testimonial. De hecho, no está de más aclarar que la casa no era pintada exactamente el 11 de septiembre. Me contaba mi madrina que varias veces llovió en septiembre y que mi tata debía posponer un día su labor o, en el peor de los casos, esperar a que mejorara el clima para continuar. También que con los años mi abuelo fue perdiendo las ganas de realizar esta costumbre y que si no fuera por sus nietos (en particular mi primo-hermano y yo) hubiera pintado nuevamente del mismo color que durante un año llevaba la casa. Lo cierto es que estos detalles no deben alejar al lector del punto central de este relato: dar respuesta a este “por qué” de las cosas.

Siempre consideré que la pintura, el accionar de mi abuelo, la familia mirándolo en silencio terminar su labor y dejándolo entrar a descansar sin siquiera agradecerle o criticar el nuevo color utilizado, poseía una alta carga política. Pero, también, creía que mi abuelo correspondía a ese sin número de personas criadas de manera tradicional que preferían no hablar ciertas cosas. Le pregunté muchas veces qué pensaba sobre la dictadura pero él, de manera mesurada, respondía siempre igual: “es mejor no hablar esas cosas que tan mal nos hacen, hijo”. Pero, quien me conoce lo sabrá bien, no soy de esas personas que gustan estar en silencio. Mi mamá (hija de este “pintor”) una vez intentó apaciguar mis dudas y me contó que mi tata durante dictadura se escondía debajo del ciruelo a pegarle a una olla lo más fuerte que podía cuando la ciudad entera se unía a realizar “cacerolazos”, pero que por cuidar su trabajo, no podía ser más “revolucionario”. También que una vez fue detenido en Valparaíso por haber ido a ver a sus padrinos y no alcanzar a llegar a Villa Alemana antes del toque de queda y que solo una semana después volvió a casa, sin referirse jamás al hecho, ni explicar el por qué de la detención. Mi papá, quien fue el primer yerno en curarse a la par con mi abuelo en alguna celebración lejana, me dijo que los vecinos lo trataban de comunista por haber pintado la casa de un color levemente rojizo el día que siguió al Golpe de Estado. Yo, hasta ese momento, no sabía que la manía de mi abuelo había comenzado de manera inmediata tras el golpe. Y comenzaba a imaginarlo en la penumbra, bajo el ciruelo, ridículamente golpeando una cacerola para emitir un sonido molesto, como el de los gritos de quizá cuántos amigos suyos que no volvería a ver. Lo imaginaba encerrado una semana en un calabozo del cerro La Cruz, pidiendo que lo soltaran porque debía volver a Villa Alemana a ver a sus hijos, a su mujer y a pintar la casa.

“Claro que es una respuesta política ante la dictadura”, pensé. Mi abuelo, como tantos otros que vivieron las atrocidades cometidas en esta época, busca recordar con este gesto aquel día. Pretende pintar la casa completa, en silencio, por más de 40 años, para no olvidar lo que realmente ocurrió. El movimiento de la brocha, el olor a pintura, el silencio sepulcral de mis abuelos, padres y tíos es la forma que tenemos algunos de conmemorar una fecha que, irreparablemente, separó al país y a miles de familias, pero que aún puede aunar a millones en diversos actos que invitan al recuerdo de lo acontecido durante la época.

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Escribí esto pocos días antes del 11 de septiembre y me atreví de imprevisto a pasárselo impreso a mi abuelo para que lo leyera hasta la marca anterior. Él, luego de leerlo y mirarme con ternura, me pidió acompañarlo al patio. Nos paramos frente a una de las paredes que ayudé a pintar el año pasado y me preguntó: “¿Qué ves ahí?”, yo, buscando un sentido a la consulta de mi abuelo, le respondí que veía el trabajo en conjunto de la familia para mantener la casa impecable otro año, pero que esa labor se realizaba en una fecha que, a su vez, había marcado a esta casa y a quienes en ella viven. Él sonrió a la rápida y esto lo anoté para incluirlo acáme dijo: “Yo pinto la casa para olvidar. Para recordar primero llevamos a cabo un acto de olvido. Piénsalo, nadie, ni siquiera yo, podrá recordar jamás de qué color era esta casa antes del golpe. Yo la pinto cada año para olvidar qué color llevaba ese día. La pinto porque con ello olvidé el rencor que tenía hacia cierto sector político y enseñé a la familia a recordar a nuestra manera y comprender que cada familia, y persona, tendrá su forma de hacerlo. Algunos de un lado, otros tantos del otro. Algunos marchando, cantando, celebrando, asistiendo al cementerio a dejar flores. Otros sin un lugar en donde recordar a los que no aparecieron. Nosotros pintamos y en silencio recordamos”.

Yo lo miré tranquilamente, como cada vez que él pintó esa casa. Me quedé pegado frente a él, meditando sus palabras. Repasándolas en mi cabeza como si se tratara de un mantra.

Mi abuelo comprendió el día mismo del Golpe de Estado que tendríamos que aprender a olvidar. Pero jamás lo ocurrido, ni el evento como tal. Debía olvidarse el rencor visceral hacia las personas. Entender que con la dictadura todos sufrieron y siguen sufriendo. Olvidar nuestra ideología para no organizar con ella nuestro discurso y guiarlo hacia un lado o hacia otro. No se puede ser imparcial con un evento como este, pero sí se debe entregar toda la información disponible para que las nuevas generaciones logren entender lo ocurrido. Mi tata nunca me metió ideas en la cabeza sobre la dictadura. Ni tampoco me pintó con ella un Chile mejor. Supo que debía esperar a verme interesado y listo para informarme de manera crítica. Solo luego de leer esto me entregó la brocha.

Reorganizo mis ideas y pienso la forma de darle sentido en este escrito a la frase “ni perdón, ni olvido” o al “ni pena, ni miedo” que Zurita escribió en el desierto de Atacama. Intento cerrar este texto de buena manera pero no se me ocurre nada. Me abrumo al corregirlo y pensar que quizá alguien pueda leerlo y comprender mal ciertos apartados. Es una historia familiar pero también un evento público y eso me estremece. Pienso en los múltiples relatos que otros abuelos o abuelas, padres o madres y amigos o amigas ocultan y recuerdan a su manera, y cómo ellos vivirán este 11 de septiembre. Mientras que yo, después de todo, me encontraré mirando junto a mi familia nuestra casa, esperando que seque la pintura y agradeciendo en silencio que en ella nadie falta.

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