Escritura creativa: Una pieza del rompecabezas de las inhumanidades

Por Otro L.

 

¿Dejar que los infernales hechos se empolven en el cuarto del olvido? ¿Qué argumento podría predisponerse para sostener aquella pregunta vestida de afirmación, pensada lastimosamente por mentes atroces para luego ser pronunciadas por labios inhumanos? Estas fueron las hondas preguntas que el reciente lunes mi abuela sacó a colación durante la sobremesa y que luego rondaron el resto de la conversación con tal estrépito que las lágrimas de impotencia e infinita pena comenzaron a brotar en los ojos de mi familia, cual maleza se esparce exponencialmente en cualquier suelo con sus condiciones climáticas ideales. Todo a propósito de la reciente visita  que dimos el mismo día por la mañana —en la víspera de los 45 años desde que ocurrió aquella sediciosa desgracia— a los sepulcros de mis dos tíos y mi madre en el Cementerio Municipal.

En ese momento, por más que intenté acudir a los brazos de mi abuela para calmar de raíz sus sollozos que comenzaban a desagarrarme primero los oídos y luego el corazón, mi mente quedó empantanada en la idea de que resulta absurdamente carente de altruismo jugar con la noción del ying y el yang, al  decir que dentro de la oscuridad experimentada recientemente existen centelleos de una especie de luz casi “divina”, que falsamente pretendió iluminar todo el panorama de nuestro país y su gente con la idea de proteger a los ciudadanos en aquel presente y para el futuro del “cáncer marxista”, si se tuvo a los suyos con todas sus necesidades básicas cubiertas hasta rebalsarlas, salvaguardados de ser avasallados por la aguda y filosa vigilancia tirana. ¡Cómo es posible abandonar debajo de la alfombra el dolor que de inmediato se torna colectivo y que conmueve las fibras sensibles del alma, con tan solo revivir un ápice de aquellos funestos sucesos que socavaron y magullaron irreparablemente nuestro pueblo! Entonces, las lágrimas me fueron incontenibles y comenzaron a ducharme. En tanto mi abuelo y mi hermana menor intentaban calmar a mi abuela.

Solamente luego de haberme cubierto con un manto de cólera y dolor ante el titileo de recuerdos como, por ejemplo, las tardes en que iba con mis tíos  a ‘pichanguear’ a la cancha de la población o la entrega de sus infalibles consejos; la cobijadora figura de mi siempre amada madre, logré darme cuenta de que de ellos solamente tengo tres cosas: Hermosos recuerdos, valores incorruptibles y su maldita y temprana ausencia.

Extraje luego una segunda conclusión al volver a mirar a mi Julita ya un poco más contenida entre los brazos de mi abuelo por la derecha y las dulces palabras que mi hermana le entregaba como un coloso parche curita por la izquierda: concluí que no solo soy nieto de mis abuelos, sino también del monstruo cruento que fue la dictadura y el abusivo sistema neoliberal que nos heredó posteriormente. No satisfechos con quitarnos miembros de nuestro corazón, nos roban nuestro tiempo para luego darnos a cambio en la palma de la mano unas cuantas miserables monedas tristes, acompañadas de un escupitajo y de un abrazo que promete un futuro democrático y de ensueño, pero que antes de pensar en ser honesto prefiere evaporarse en un montón de carcajadas perversas.

Todo en cuestión de segundos, todo en cuestión de recuerdos fugaces.

Corrí al baño, intentando escapar de la angustia que comenzó a aquejarme, entré corriendo en él como un venado herido que intenta sobrevivir, crucé el borde de la puerta con el pestillo y mientras tomaba por los pómulos mi cara, enfrenté encarecidamente mi reflejo en el espejo. Noté entonces que las lágrimas derramadas al invocar cada vez el recuerdo de mis tres santas figuras me habían surcado el rostro. Mi corazón parecía derretirse y mis ojos hervir en una conjetura de emociones que reventaba como una bomba en la boca de mi estómago.

En mi mente emergía la imagen de un volcán que realiza erupciones de flores marchitas.

Me rogué a mí mismo tratar de encontrar una porción de tranquilidad para salir del baño con el fin de reforzar el apoyo que le estaba siendo entregado a mi abuela. Luego reparé en que jamás encontraré con plenitud esa tranquilidad deseada sabiendo que mi madre y mis dos tíos fueron aprisionados y mutilados injustamente por los bastardos sin gloria. Sin embargo, al cerrar los ojos para verlos a ellos con su bondad desbordante y a ella con su sonrisa de nácar, logré mutar de semblante, pues es seguro que todos quienes los recordamos lo hacemos con orgullo y sin prejuicio, puesto que nunca fueron más que tres grandes personas, henchidas  de valores e ideales, que a la larga, continúan vigentes en mí y en mi hermana.

Destrabé el pestillo de la puerta y con pasos ya más calmos me dirigí al comedor de nuestra casa para mirar a mi Julita directamente en sus ojos plomados, transmitirle todo mi amor mediante esa mirada y rearticularnos como un solo cuerpo herido, ya que cuando el dolor es colectivo, da la sensación ilusoria de que al menos puede menguarse un poco.

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