Escritura Creativa: 7C

El objetivo fundamental de esta Revista es apropiarnos de un espacio (en este caso virtual) y volverlo un hogar para todos aquellos que disfruten de las artes y el pensamiento. Nuestra propuesta es mantener en movimiento todo tipo de texto que interese y proponga reflexión. Por esto mismo es que, ser parte del  proceso creativo de diversos autores emergentes, nos alegra enormemente. Este es el caso de Daniel,  colaborador punitaquino que nos entrega una narración titulada 7C y que, tal como su título, destaca por su corta extensión. En dicho texto, el autor configura una situación, sitio y suceso que pudieron ser tratados en una novela pero que, de manera eficaz, logra proyectar a cabalidad en la forma de un microcuento. Hace un tiempo, comentó Borges, en más de una ocasión, que el cuento corto “puede contener todo lo que contiene una novela, con menos fatiga para el lector” y también que su ventaja —al compararlo con la novela— radica en que “puede ser abarcado de un solo vistazo”. Los invitamos, justamente, a pegarle un vistazo a este gran microrrelato.

Í.R.

 

7C

Por Daniel Rojas

            Santiago mira hacia su izquierda, abajo. Observa cómo se proyecta una escalera mecánica tras otra, tras otra y tras otra. Es una sucesión indefinida hasta el primer piso. «Qué extraño», piensa, «escaleras mecánicas en vez de un ascensor. Nunca había estado en un edificio así». Aguarda un momento, tras el que agrega: «Y, por cierto, ¿dónde estoy?». Hacia el frente, ahí donde la escalera termina, distingue un rellano. Atravesándolo, se llega a una puerta. Esta tiene una inscripción, pero él no alcanza a distinguir con claridad qué dice. «¿Y dónde estoy?», se repite. Una musiquilla se escucha de fondo. De pronto, una voz femenina la matiza diciendo: «Las escaleras mecánicas se implementaron en 1902, apenas cinco años después de su invención por Jesse James, en Nueva York, Estados Unidos. El motivo, nuestro deseo de ofrecer la mejor atención a todos quienes forman parte de nuestra comunidad. En este sentido, esperamos incorporar pronto la más reciente tecnología de dos velocidades, como el modelo Turbo Track que ya existe en el aeropuerto de Toronto, Canadá. Gracias por su atención». De nuevo se oye solo la musiquilla. «Por eso las escaleras», se dice Santiago.

            El médico le advirtió que estas abruptas pérdidas de memoria serían normales, sobre todo, contemplando el accidente sufrido. Piensa en esto y, de manera instintiva, se lleva la mano hasta la frente: ahí está la cicatriz. Tras un instante, se propone recordar. Sin embargo, antes de comenzar a hacerlo, llega al final de la escalera. Ahora puede ver con claridad lo que la puerta tiene inscrito: 1C. Se acerca y aguza el oído, pero no oye nada; intenta abrir la puerta, pero no cede. Desiste y opta por continuar bajando por medio de la siguiente escalera. Mientras lo hace, cierra los ojos, frunce el ceño y se esfuerza por que algo llegue a su memoria. «La pelea, claro», se dice a sí mismo, «la pelea con Magdalena». De a poco, comienzan a trazarse en su mente los sucesos de la noche anterior. «Discutimos, pero ¿por qué? Por mi culpa, claro. Siempre es por mi culpa». No lo dice de forma irónica, sino que con la absoluta certeza de la verdad. «¿Qué me dijo? Que soy egocéntrico y egoísta. Ah, y también que, a pesar de todo, sigo siendo un niño. El mismo niño asustado y triste que ella conoció hace tantos años».

           Ha descendido cuatro niveles. Está ante la puerta 4C. Imbuido en sus pensamientos, no se ha percatado de todo lo que ha bajado. «El mismo niño asustado y triste», se repite. Lo siguiente que recuerda es que Magdalena se marchó. Tras un momento, él salió del departamento hacia el balcón a tomar aire. La noche estaba fría, pero él solo llevaba una camiseta. Las luces no dejaban ver las estrellas. Todo era silencio.

            «Pero eso fue anoche», reflexiona. «Qué pasó hoy, cómo llegué aquí». Se esmera; pero no logra acceder a nada más allá de la escena del balcón. Sacude la cabeza, como queriendo, de este modo, deshacerse de cualquier aprensión. Pero no puede: vuelve con insistencia hasta su cabeza la imagen del balcón, la noche fría, el silencio y las luces; luego, el silencio, las luces, la noche fría y el balcón; a continuación, la noche fría, el silencio, el balcón, las luces y, por último, el balcón, solo el balcón. De pronto, una nueva imagen, aunque no es una imagen: es una sensación: el viento golpeando con fuerza en su rostro, aunque esa noche no hubo ni la más mínima brisa, ¿cómo, entonces? Abruptamente, su cuerpo se tensa ante la respuesta que irrumpe con fuerza en su mente; no obstante, antes de que logre conceptualizarse en una palabra, la acalla: es la negación ante la certeza de la tragedia. La idea arremete con más ímpetu, cuando, de repente, antes de que él intente nuevamente resistirse a ella, un elegante hombre aparece ante él. El tipo se encuentra al final de la escalera, en el rellano, y, sobre su hombro, Santiago alcanza a distinguir la inscripción 7C. El sujeto lo mira y sonríe. Entonces, sin mudar de expresión, dice con voz grandilocuente: «Bienvenido, queridísimo señor; este es el maravilloso Séptimo Círculo. Por si no lo sabe, aquí es donde recibimos a los suicidas como usted. A nombre de todos los que trabajamos aquí, le deseo una agradable eternidad en su nuevo hogar».

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