Estudio visual: reseña a Ojos abatidos de Martin Jay

Jay, Martin. Ojos abatidos. 1993Trad. Francisco López Martín. Madrid: Akal, 2008.

Por Nicolás Araya Salinas

Lo visual, o la visualidad, ha delimitado la relación entre sujeto y conocimiento desde Platón: la filosofía occidental se funda en la búsqueda del bien que solamente puede ser visto mediante el “ojo de la mente”, metáfora que funge de punto de partida para el recorrido propuesto por Martin Jay en Ojos abatidos, trabajo que inaugura el campo de los estudios visuales. Dicho trayecto problematiza la relación entre lo visual y el conocimiento desde la Grecia platónica hasta el siglo XX, señalando los matices, auges y caídas atingentes a la valoración de la vista. En esta línea, lo visual no solo debe ser entendido como un sentido que permite al ser humano desenvolverse en su entorno, sino que su predominio en la jerarquía sensorial del saber determina maneras específicas de aprehensión de mundo. Así, la preponderancia del ojo en distintos contextos va trazando diferentes pautas de relación entre sujeto y conocimiento.

Ante esto, el método empleado por Jay sería una suerte de arqueología del ojo que permite trazar, desde un interés motivado por la “impregnación ocular del lenguaje” (11), un camino temporal que abarca desde la luminosidad platónica hasta la duda posmoderna ante las perspectivas unívocas. Es decir, pese a que un punto de partida del proyecto de Jay se encuentre en la relación lengua visualidad en cuanto a metáforas, este inicio toma sentido cuando estas prácticas discursivas se cotejan con sus respectivas “prácticas sociales y culturales imbuidas por lo visual” (11). De esta manera, la interrogante atingente a las relaciones entre lo visual y el conocimiento adquiere una dimensión histórica que permite particularizar su análisis.

Ojos abatidos consta de diez capítulos de desarrollo similar, siendo el primero el que abarca un período histórico considerablemente más extenso que el resto (desde Platón hasta Descartes). A medida que se avanza en el recorrido propuesto, se evidencia una suerte de “desmagicicación” del ojo, que inicia dando cuenta de su relación directa con la luz y la búsqueda del bien en la Grecia de Platón hasta el rol del tabú judío contra la especularidad de acuerdo con Jean-François Lyotard. En esta línea, cada capítulo se encarga de responder la interrogante sobre la relación entre las prácticas sociales y culturales condicionadas por lo visual en contextos determinados, reflexión que se enriquece con ideas coyunturales que abarcan desde las posibilidades semióticas de la fotografía hasta las relaciones entre deconstrucción y cierto tipo de feminismo, por ejemplo. Es decir, debido a que cada capítulo se encarga de un período temporal, se incorporan al análisis elementos particulares de dicho período cuyo advenimiento cambia el estado de relación entre lo social y cultural.

Para dar cuenta de esta relación, cabe aludir a la utilización de fuentes: primero, se explicita tanto la pertinencia como las limitaciones de cada cita y pie de página, lo que permite articular la relevancia de lo visual con teorías que, pese a no manifestar expresamente su foco en el mismo interés, sí demuestran cierta afinidad metodológica (por ejemplo, el capítulo dedicado a Lacan); y, segundo, cita autores de diversas disciplinas, acción que podría implicar que, para dar cuenta de la visualidad, se necesita una metodología que vaya más allá de una disciplina particular.

El libro está compuesto tanto de capítulos inéditos como de revisiones de publicaciones anteriores, revisitadas a partir de comentarios de pares. Cuenta con una estructura que sigue un criterio cronológico, lo que permite brindar, en primer lugar, un desarrollo lógico al marco conceptual, y, en segundo lugar, una noción de agotamiento de los mismos conceptos cuando la coyuntura cambia. Además, en esta línea, cabe señalar que el uso conceptual es coherente a lo largo de los capítulos[1], hecho que facilita su comprensión. Finalmente, este libro se debe considerar ya casi como un clásico de los estudios visuales, puesto que es uno de los primeros intentos sistemáticos para posicionarlos como un campo de estudio: brinda un acercamiento panorámico hacia el lugar de la visión en la historia del conocimiento en occidente, hecho que permite situarlo como referencia ineludible.

[1]                            Por ejemplo, el problema del movimiento de la luz presente en el primer capítulo explicaría porqué, en la posmodernidad, el foco en el movimiento trae consigo una sospecha hacia el ojo.

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