Escritura creativa: Madre

De enigma, negra y de suspenso fueron los tipos de novela policial sugeridos hace décadas por Todorov. Evidentemente, “Madre” de Daniel Rojas (1991) calza a la perfección con ninguno de ellos (pese a cierta raigambre de suspenso): bien puede ser una viñeta o un pie de página de una acción principal que se anuncia y que, de ocurrir, su lugar es otro. Es el b-side de un relato policial, es la espera de ese personaje cuya trascendencia radica justamente en no trascender o en motivar la acción de terceros mediante su inacción.

El posible advenimiento, por un lado, de los actores investigativos del estado (novela de enigma) y de la sórdida ejecución de un asesinato (novela negra), por otro; además de las interrogantes por lo que sucedió y por lo que sucederá (novela de suspenso), permiten no tanto afirmar la militancia de “Madre” a las trincheras de lo policial sino tachar una de las tantas posibilidades de apropiación de lo que se conviene como su canon.

N.A.

 

Madre

            «A veces imagino a mamá cortándole el cuello a Sophía. A Nico no. A él le pone una almohada sobre la cabeza mientras duerme. Y se va así: durmiendo. Aunque no sé si será posible que el peso de la almohada (la fuerza de mamá) no lo despierte. Pero así lo imagino».

            Sobre la cama se distingue un par de bolsos. En el suelo, las cajas llenas de libros junto a una maleta. También, un velador, una cómoda y un televisor. En el estrecho cuarto de la pensión no hay nada más. Ya son las nueve. A través de la ventana, Carlos mira la noche. En una mano sostiene su teléfono: recién lo llamó su padre. Mientras, piensa aún en mamá. «Sé que mamá sería capaz. No es que ella haya matado a alguien en su vida. Pero se le nota. En su mirada fría y dura cuando algo le molesta; en la línea tensa y horizontal que contiene la batahola de palabras hirientes. Pero ella nunca ha matado ¿Por qué? Motivos no le han faltado».

            No, no le han faltado. Pero ella no ha matado a nadie. No mató al papá de Carlos cuando llegaba borracho y la golpeaba. No lo mató, tampoco, cuando se enteró de que había «preñado» a otra. Pero Carlos sabía que, aun así, ella sería capaz: solo necesitaba el motivo adecuado. Aunque, en ese caso, todos somos eventuales asesinos. «Pero mamá no solo sería capaz de matar. Ella planearía cada detalle con rigor y minuciosidad, lo ejecutaría sin ninguna clase de duda o temor y, finalmente, seguiría con su vida como si nada nunca hubiera pasado. Probablemente, al domingo siguiente iría a misa como ha venido haciendo desde que era una niña, y no a pedir perdón, por supuesto que no. Estoy seguro de que ella no se arrepentiría de nada. No porque sea mala, en lo absoluto (no conozco a una mujer mejor que ella); sino porque encajaría el asesinato dentro de todo aquello que cree correcto, de tal manera que el asunto se le presentaría como necesario, un deber cuasi santo que el propio Dios vería con agrado.

            Solo una cosa, tal vez, la atormentaría: el placer. Sin duda sentiría gozo al matar. Intentaría solaparlo, disimularlo; pero no podría. Y sé que sentiría, porque recuerdo su expresión cuando decía que mataría a tal o a cual. En aquellas ocasiones, haciendo la sobremesa, todos se reían. Yo también me reía. Mamá también se reía. Pero yo sabía que ella hablaba en serio: no era ningún juego. Lo sé porque yo también suelo fantasear con que mato. Y puedo quedarme varios minutos regocijándome en los pensamientos. Y no es ninguna broma. La diferencia es que yo nunca pasaría de la fantasía. No sería capaz. Soy demasiado débil. Pero mamá es fuerte. Ella sí podría».

            Durante mucho tiempo Carlos culpó a su madre por su fragilidad. Todos sus miedos, temores, angustias; se debían a ella. Ella, que no lo dejaba salir a jugar con los otros niños. Ella, que nunca aprobó que estuviera con mujer alguna. Ella, que siempre estaba pendiente de él, (sobre)protegiéndolo. Ella, que veía como un acto de traición que se alejará un ápice de su lado («yo soy tu mamá, yo te parí, yo te amo de verdad y nadie nunca más lo hará»). «Pero ahora me percato de mi error. El mundo es una mierda. La gente es una mierda. Sophía es una mierda. Mamá solo me cuidaba».

            Se aleja de la ventana y va hasta la cama. Se acuesta y fija la mirada en el techo. La única luz es la que llega desde la calle. De pronto, rompe el silencio:

         «Ma    má       es        tá         ma       tan       do        a          So       phí       a».

«Ma                es                    ma                   do                   So                   a».

má                   tá                     tan                   a                      phí

«Ma    má

es        tá

ma       tan       do

a

So       phí       a».

            Lo repite lentamente. Lo repite rápidamente. Lo repite experimentando con detenimiento la vibración de cada sílaba en su garganta. Lo repite hasta que el sonido abole el significado. Lo repite hasta que los signos son puro significante, pura música. Lo repite para no pensarlo. Lo repite para callar el miedo que anticipa la desgracia. Lo repite hasta el cansancio. Lo repite.

            «He imaginado muchas veces a mamá cortándole el cuello a Sophía (quizá cada vez que discutíamos). Pero nunca fantasee con la idea de que matara a Nico. Después de todo, solo tiene diez años. Sin embargo, ahora la rabia es tanta, que el castigo necesariamente tendrá que alcanzar al hijo (a ese huacho, diría mamá). Aunque no haya hecho nada; aunque solo sea un niño. Como a los primogénitos de los egipcios». En ese momento, Carlos desliza una mirada hacia su Biblia sobre el velador. Su madre se la regaló hace muchos años atrás.

            Papá lo llamó hace poco. Le preguntó por mamá. Estaba preocupado, porque había salido temprano para verlo a él y aún no regresaba. «Sí, está aquí todavía», mintió. «No te preocupes. Ahora mismo no te puedo pasar con ella, porque acaba de entrar al baño. Sí, sí; le diré que llamaste. Y también que procure estar más atenta a su teléfono ¿Que cómo estoy? Sí, un poco mejor, papá. Claro, hay que darle tiempo al tiempo. Sí, estas cosas pasan, qué le vamos a hacer ¿Si he vuelto a hablar con Sophía? No desde ese día. Tampoco ella me ha buscado para conversar. Sí, papá, parecía una buena persona. Pero bueno, como tú dijiste, estas cosas pasan. Ya, papá, hablamos luego. Adiós y cuídate mucho también».

            «”Mamá dijo que estaría contigo”. Ella sabía que papá llamaría y, así, yo me enteraría de que se estaba encargando (encargando suena a película de mafiosos). Ahora, solo queda esperar: tarde o temprano se confirmará todo. Tal vez me contacta la policía. Probablemente, de hecho. Seguro seré un sospechoso. Es lo más obvio. “Pero si estuve en ese momento en la pensión con mamá”, les diré. Y ella afirmará lo mismo. Y así ambos guardaremos nuestras espaldas. Como siempre».

            Por supuesto, Carlos no puede estar seguro de que su mamá está, en ese momento, deslizando un cuchillo por el cuello de Sophía o asfixiando a Nico con una almohada. Quizá, de verdad lo venía a ver y algo le pasó en el camino. Tal vez tuvo un accidente. Sin embargo, hace un par de días, cuando la vio y le contó acerca de la traición (lágrimas incluidas), sabía que le estaba dando ese motivo; sabía que estaba accionando el intacto mecanismo asesino latente en ella. Lo distinguió en su mirada —dura— y en su boca —tensa—. Y aquella búsqueda de apoyo fue solo el anagrama del verdadero mensaje: mátalos.

            «Mátalos (“mi niño”), mátalos (“yo te dije”), mátalos (“que nadie te quiere”), mátalos (“y que nadie te va a querer”), mátalos (“menos esa puta”), mátalos (“y su huacho”), mátalos (“solo yo”), mátalos (“porque te parí”), mátalos (“porque te crié”), mátalos (“porque soy tu madre”), mátalos, por favor, mátalos».

            Carlos se levanta de la cama. Se acerca de nuevo hasta la ventana. Ya son las 11 de la noche. Ignora si su madre ya está de regreso en casa, si se encuentra bien o no, si acaso se encargó de Sophía y su hijo. De pronto, rompe por segunda vez el silencio y comienza a repetir mecánicamente, rápidamente, lentamente: «Mamá está matando a Sophía…».

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: