Archivo: Pablo Neruda

Sin importar qué tanto estés instruido en literatura, cuántos libros descansen en tu repisa o qué tanto disfrutes de la poesía, Pablo Neruda es un nombre que, me atrevería a decir, todo chileno conoce. Y es que su nombre resuena en todas las aulas cuando de hablar de poesía se trata. Muchas veces nos hicieron memorizar su vida: aprender que su nombre de nacimiento era Ricardo Neftalí Reyes, que nació en Parral en 1904, que ganó el Nobel de Literatura en el 71’ y que murió unos días después del golpe de estado. También nos enseñan que tenía tres casas: La Chascona, bautizada en honor a su último gran amor; La Sebastiana, ubicada en Valparaíso e Isla Negra, lugar que elegiría para su descanso final.

Estas casas que cobijaron al poeta lo vieron escribir sus versos más tristes y alzar su copa con las innumerables amistades que tenía. Eligió cuidadosamente la locación de cada casa y trabajó en ellas para construir atmósferas que delatan una sensibilidad y visión artística que va más allá de la escritura, donde cada rincón y cada objeto —ya sea un escarabajo disecado, el mascarón de un antiguo barco o un escritorio mirando al mar— está dispuesto de manera específica para simbolizar algo, para conmemorar recuerdos o para rendir homenaje al regalo de algún amigo.

A pesar de que parezca que ya está todo dicho sobre él y su obra, Neruda se presenta como una indispensable siempre digno de releer. Los invito a revisar, más allá del poema 20 o la canción desesperada, el poema XXV de su Canto General, dedicado a la muerte y a su amada Isla Negra.

 

C. S.

 

 

XXV

Disposiciones

 

Compañeros, enterradme en Isla Negra,
frente al mar que conozco, a cada área rugosa
de piedras y de olas que mis ojos perdidos
no volverán a ver.
Cada día de océano
me trajo niebla o puros derrumbes de
turquesa,
o simple extensión, agua rectilínea, invariable,
lo que pedí, el espacio que devoró mi frente.

Cada paso enlutado de cormorán, el vuelo
de grandes aves grises que amaban el
invierno,
y cada tenebroso círculo de sargazo
y cada grave ola que sacude su frío,
y más aún, la tierra que un escondido herbario
secreto, hijo de brumas y de sales, roído
por el ácido viento, minúsculas corolas
de la costa pegadas a la infinita arena:
todas las llaves húmedas de la tierra marina
conocen cada estado de mi alegría,
saben
que allí quiero dormir entre los párpados
del mar y de la tierra . . .
Quiero ser arrastrado
hacia abajo en las lluvias que el salvaje
viento del mar combate y desmenuza,
y luego por los cauces subterráneos, seguir
hacia la primavera profunda que renace.

Abrid junto a mí el hueco de la que amo, y
un día
dajadla que otra vez me acompañe en la
tierra.

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