Escritura creativa: Aventura en el congreso

Por Joaquín Bagnara

 

Como estudiantes, nuestro rol es de organizadores del congreso. No solo nuestros profesores, sino también nosotros somos los gestores de este gran evento. Nuestras tareas varían: algunos ayudan al armazón de la “Mesa” (lugar común en el cual se venden libros, se toma café y se comen galletas; también consiste en el centro de operaciones del equipo organizador), otros bajan la enorme cantidad de libros ubicada en el tercer piso de la universidad, y los últimos ordenan las salas correspondientes a las ponencias. Hay varias salas funcionando al mismo tiempo, lo cual hace bastante atractivo, pero a la vez dificultoso, escoger una sola.

El trabajo de ordenar la sala se realiza, idealmente, en parejas. Yo he sido con F. en dos ocasiones. Hoy nos tocó preparar la salaEmilioTagle. Me impresionó la solemnidad y prolijidad del espacio: las paredes estaban constituidas en casi su totalidad por libros de ediciones clásicas, enciclopédicas, que permanecían tras vitrinas cerradas con llave; dichos libros subían desde la superficie media del salón, antecedidos por un metro de pared blanca, hasta casi tocar el techo; la madera brillaba y olía a alfombra encerrada; lo que más impresionaba era ese cuadro centralizado en la pared del fondo, desde donde caía el telón blanco que proyecta la imagen desde el computador. Es un rectángulo que llama la atención, más allá de su contenido, por el marco color dorado que lo circunda y que tiene forma de flores entrelazadas y voluminosas. El contenido ni lo recuerdo; era feo. El público estaba frente a ese cuadro.

Eran cuatro expositores. El coordinador de la mesa se sentó en el público. Uno de ellos necesitaba computador. Supuestamente -y ésta era la política de todo el congreso- el encargado había confirmado la presencia de notebooks en todas las salas, y que, de no haber, bastaría un simple aviso. Quedaban apenas siete minutos para dar inicio a la ronda de ponencias (según programa). Un woki tokimanejado por R., profesor encargado de la organización, anunciaba la proximidad. De vez en cuando se oían interferencias en los rincones de la universidad, a lo largo de los pasillos, y uno que otro “cambio”.

F., ansiosa como nunca antes la había visto (lo quisiéramos o no, ambos debimos haber solucionado este problema con tiempo; era nuestra responsabilidad) salió al rescate. Mientras tanto, permanecí en la sala haciendo de anfitrión, recibiendo a los allegados de diferentes universidades de Chile. Cuando noté que demoraba más de la cuenta, salí a buscarla. Entre sonrisas de “está todo bien, siga disfrutando”, pasé entre los viejos profesores e investigadores literarios. Como no la veía por ninguna parte, la llamé por teléfono. Busqué, mientras marcaba el aparato, sin éxito su movimiento en alguno de los pisos del recinto, pues desde el patio interior se alcanza a observar los tres pisos constitutivos. Sin pescarme tanto, como si no existiera, me dijo que pusiera inmediatamente a M. al teléfono, de quien no se escapaba ninguna información. Me dirigí rápidamente a la central de operaciones, la famosa Mesa.Airosa como siempre, delicada y perfecta en sus movimientos, determinante, ordenaba dinero en la caja fuerte. Billetes de veinte y diez mil eran colocados en sobres, que tenían inscritos los nombres de quienes habíamos ayudado como tramoyas de las salas. Poca gente circundando el lugar, todos encerrados en las ponencias y charlas que estaban por comenzar. Era mala idea entrar abruptamente así y desconcentrarla, pero no había otra opción. Su mirada fija a través de sus lentes en el mesón y un mantra de repetición constante en sus labios para llevar el conteo. Es impresionante la panorámica ocular de algunas personas. Siempre que alguien se acerca a mi lado, la veo de reojo, la siento, huelo una presencia como si se acercase una sombra. Pero M. ni se percató de que estaba frente a ella y siguió repitiendo religiosamente sus palabras. “M. Urgente. Necesito que hables con F. Está al teléfono. Tenemos un problema”. Silencio. Mis palabras quedaron en el aire. La escena era patética. No dije nada más como en dos minutos, eternos. Noté que se acercaban R. y D., profesores de la facultad, apurando el paso, desesperados por encontrar solución al problema del notebook. F. seguía esperando al otro lado de la línea. “Oye, M., necesitamos…”, “¿No ves que estoy concentrada? -dijo abruptamente. Cuando veas trabajando a alguien no lo distraigas, ¿ok guachito? No tengo problema en atenderte o ayudarte, pero más respeto po’…”. Por dentro me guardé unas cuantas palabras. Se tomaba muy en serio la función. “Ok. Pero te necesitamos urgente. No tenemos computador en la sala Emilio Tagle. F. está al teléfono”. No sé de qué hablaron, pero ella se veía confundida. Me miraba como “¿qué mierda me está pidiendo?”. Caí en la cuenta de que no estaban hablando de algo útil y recordé cómo era F. a veces. Volando como un pajarito quizás sobre qué filosofaba a la distancia, haciendo y diciendo cosas fuera de lugar, yéndose por las ramas. Los profesores y yo permanecíamos de pie, frente al mesón, mirando a M., poniendo todas nuestras fichas en ella. Estuvimos así unos cinco minutos, que son muchísimo más que cinco minutos cuando intentas que un congreso funcione a la hora. El tiempo era oro. Tanta expectación me hizo recordar algo. Pero ese recuerdo me puso incómodo. Y más aún cuando vi que M. le gritaba a F. “¿¡Cómo no lo tenían cubierto -mientras me apuntaba con el dedo para incluirme- antes de que empezaran las ponencias de la tarde!? ¿¡cómo se les ocurre, si quiera, venir a pedir una ayuda divina, como si tuviera la capacidad de hacer aparecer un computador!? Voy a tener que llamar al decano de la facultad…”. Justo ahí, atiné a decir “yo traje el mío”. Me miraron al unísono. Creo que me sonrojé. Me sentí un idiota…decir eso me había catapultado como un estúpido: ¿¡por qué no se me ocurrió antes!? Hasta me arrepentí de haberlo dicho: no habría tenido que hacerme cargo del problema, los profesores tenían la responsabilidad final. Busqué en sus miradas un atisbo de ese pensamiento: “¿Cómo tan hueón? Ya, corre, hazlo rápido”, pero no. Fue todo muy natural. Y salí disparado a la sala.

Le dije al expositor que podía prestarle el mío.

—¿Y servirá?

—Supongo que sí…hay que conectar el cable del proyector y estamos listos.

—Probemos entonces…

Entre la buena onda y la camaradería, logramos conectar el cable. Misión cumplida. La contraseña del wifi también. Ambos profesores de la UNAB necesitaban proyectar videos en el telón blanco, uno desde YouTube, y el otro desde un pendrive.

Comenzaron las ponencias.

La mesa que acogía a los cuatro expositores era amplia. De izquierda a derecha estaban: la profesora K., de la Adolfo Ibáñez, cuyo texto leía en ese instante, impreso y sin corchetear. A su lado, la profesora L., de la Austral. Ella utilizó un computador Lenovo, negro y clásico. Leyó sus páginas desde la comodidad de la pantalla. La seguían los profesores de la Andrés Bello, quienes tenían en su poder la mayor tecnología. El primero, N., leyó desde una Tablet que mantenía apoyada sobre la mesa. El segundo, R., lo hizo desde su IPad.

Hasta ahí, no había ocurrido nada especial. De hecho, casi me quedaba dormido. Pero luego caí en la cuenta de que en algún momento iban a proyectar las imágenes desde mi computador a la sala en general y todos las verían. Todavía no ocurría, pero iba a ocurrir pronto. La segunda expositora comenzaba a hablar. En teoría, duraba veinte minutos cada lectura, con ciertos márgenes mínimos de error. El telón de fondo permanecía congelado y bastaba que uno de ellos apretara el botón freezepara que la transmisión fuese efectiva. ¿Mi miedo? La pornografía, el historial de internet. Suelo borrarlo, pero mi memoria aseguraba que no lo había hecho. Comencé a sentirme muy nervioso, sobre todo cuando vi que uno de los expositores, haciendo clics y moviendo el mouse de mi computador, preparando su ponencia, escudriñó con cierto asombro la pantalla. De inmediato observó a su colega de la Unab -quien también proyectaría un video- con complicidad, como si hubiesen compartido la visión de las grandes actrices pornográficas de la industria norteamericana. Ante sus grandes ojos, el otro no respondió nada, por lo tanto, tuve esperanzas. Pero al rato, uno de ellos, tras mirar nuevamente la pantalla, ojeó mi rostro. Me sentí avergonzado. Sentí que me atravesaba. Que me juzgaba. Mientras ocurría todo esto, la expositora hablaba del “secreto”, de ese secreto que nunca va a ser conocido salvo por el lector. De la necesidad del secreto que tiene la intimidad. La resistencia a ser revelado o su imposibilidad. Me dije que hasta ahí había llegado. Tenía solo una opción: aceptar lo inevitable.

Pese a la vergüenza, concluí que igual era capaz de pasarme por la raja toda opinión pública, al menos como estrategia de supervivencia. Aquello me hizo sentir poderoso. Si se veía algún video indebido o el historial de la página pornográfica, o si aparecían pestañas tras pestañas de virus o viñetas que invitan al sexo sin compromiso, del tipo: “¿follar con madres solteras?”; “ellas te buscan y están sin sus maridos en casa”; etc.De ocurrir algo así, solo me quedaba levantarme de la silla riendo (lo cómico del asunto había tomado el lugar primordial, más que la vergüenza), tirar una talla, ir hacia mi computador y cerrar las pestañas. Mirar a la gente sin miedo, decir: “historial borrado…ahora pueden continuar”y, ante las miradas, relajarme. A quien le molestase, problema de esa persona. ¿El sello del congreso quedaría manchado? Yo creo que no. Es más, daría hasta para escribir un relato. Imaginen lo divertido del asunto. La academia podría tomarlo como un mensaje divino: escarbar en los recovecos de su propia labor, de sus propios límites: la pornografía como la profanación del espacio académico; la pornografía como el símbolo de lo no pudoroso, de los límites morales; el porno como la desnudez humana sin apariencia. Walter Benjamin estaría orgulloso de tal hazaña. Lo mismo Aira, que en su congreso de literatura solo se divertía y encontraba sentido fuera de las aulas universitarias, a la huida de aquel gusano gigante que devoraba la ciudad mexicana. Por lo tanto, de haber ocurrido habría ocurrido un milagro. Con el tiempo se transformaría en una anécdota, un rumor, un murmullo: “la escena del porno en el congreso de literatura universitario marca un antes y un después en la academia…soluciona muchos problemas teóricos que permanecían en la oscuridad”. Los profesores lo celebrarían como colección de recuerdos “alternativos”. Está al nivel de coleccionar camisetas clásicas de fútbol o libros de autores de moda. Daría tanto placer el solo hecho de que haya sucedido, puesto que permite la conversación de pasillo entre los profesores y profesoras: “colega, la escena del porno…impresionante…si lo relacionamos con lo que ha ocurrido en los últimos años…”; “claro, claro…la prostitución del conocimiento…el travestismo también se relaciona…”; la olla universitaria, como dice Bolaño, se agitaría. Me atrevo a decir que con el tiempo se transformaría en un recuerdo sagrado, en un hito de los congresos sobre los estudios literarios, en un recurso que daría pie a nuevas líneas de investigación. O quizás no. Creo que le conté todo esto a F. mientras permanecíamos sentados mirando la exposición, muertos de la risa.

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